miércoles, 16 de octubre de 2013

Sweet Home

Nunca podría volver a hacer aquello otra vez. Ni por crueles que fueran las circunstancias podría volver a recomponer aquel espantoso escenario de desolación. Aquello había sido el final.
Paula se prometió a si misma que tenía que dejar de ahogar a Pedro de aquella miserable manera. Su aprensión a las relaciones sociales, su falta de empatía con los demás y sus complejos de bicho raro, no podían afectar a su novio hasta el punto de la desesperación. El no tenía la culpa de su estado. Y siempre había intentado sacarla del hoyo, o por lo menos hacer que dejara de escarbar para hundirse más.
Al principio no era demasiado tortuoso. Aceptaba el mundo exterior, como un paréntesis al desarrollo de su vida perfecta, metida en casa. A resguardo.
Salía con Pedro y lo pasaba bien, era el principio de una aventura, se sentía cómoda y todo a su alrededor desaparecía cuando estaban juntos.
Poco a poco, se fue encerrando. Las miradas la lastimaban, las conversaciones la aburrían y es que todos ahí fuera, parecía que vivían una vida plena, de salidas y entradas, de risas y fiestas, de complicidades eternas.
Primero fueron las pastillas para dormir. Enganchada a la televisión se pasaba el día con tranquilizantes. Su alimentación sufrió un lastimero cambio hacia el desastre total, y raro era el día que comía algo fresco o natural. Comida en latas, en bolsas y precocinada era lo que la mantenía.
El tabaco, que nunca le había gustado, se convirtió en el fiel aliado, el compañero inseparable.
Hacía mucho tiempo que había dejado de salir con sus amigos. Los últimos años, se habían convertido en un continuo suplicio de críticas, y desvaríos varios, y ya nadie la soportaba.
Pedro sufría innumerables gritos y chantajes de todo tipo. No podía ver a nadie, todos eran malos. No podía tocarla, el rechazo a su propio cuerpo se había convertido en un verdadero drama. Sus relaciones desaparecieron, a la vez que los antidepresivos tomaron las riendas de su vida.
Pedro lo había intentado todo, pero estaba rendido. Escapaba de vez en cuando y se reunía con los amigos del barrio. Partida de baloncesto y cervezas. Pero cada huida significaba otro horror al volver a casa.
Paula estaba condenada. Nueve años ya de aislamiento y soledad eran muchos.
Su cabeza estaba habitada tan solo por fantasmas. El del odio, la envidia y la rabia hacia los demás.
Era jueves, y se prometió a si misma que Pedro merecía algo mejor, que no llegarían juntos al fin de semana.
El día siguiente voló desde el décimo primer piso. Antes de saltar, se fijó en la gente que charlaba en la terraza del bar que había enfrente de su edificio. Reían amigablemente, sin ningún signo de maldad en sus gestos, y ninguna mirada de reojo inquisidora.
Bajaba cabeza abajo por el séptimo piso, con el camisón ceñido al cuerpo por el aire, sin emitir ni un sólo quejido, y no pudo ver a Pedro que se bajaba en aquel preciso instante del coche, al lado del portal.
Sonriendo saludó a un vecino, y se puso las gafas de sol, dudó por un instante en acercarse a tomar una cerveza al bar de enfrente, pero finalmente recordó que Paula le había prometido que esa misma tarde saldría de casa, y dando un paseo hablarían de su problema.
Un sonido fuerte y seco, fue la primera señal, de que irremediablemente la vida de Pedro cambiaría ese día para siempre.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Viejo Cine Olympia

Barcenas pudo haber trabajado en aquel cine que tanto le gustaba.
Bobinar películas. Y proyectarlas era una tarea que lo tenía fascinado. El olor de las palomitas, las luces del ambigú y el sonido de la maquinaria funcionando lo habían enganchado de tal manera, que raro era el día que a la salida del colegio, no pasaba por la sala a ver a Benancio, que así se llamaba el encargado por aquel entonces.
Habían pasado los años, y Bárcenas ya había pasado alguna película el solo. Benancio se hacía mayor, y a menudo dormitaba entre escena y escena. Únicamente Sofía Loren lo mantenían despierto.
Además de pasar alguna cinta, también había aprendido a rellenar la nevera del bar, vender entradas y solucionar algún tema de mantenimiento. Como conservar encendido aquel foco maldito que siempre se fundía en el patio de butacas.
Pero lo que más le gustaba desde hacía un tiempo, era llevar las cuentas. Gracias a los estudios de bachiller que cursaba por aquel entonces, Benancio le dejaba encargarse de los asientos contables, la distribución de compras a proveedores y negociar con el banco. Pagar mercancía, alquiler de películas y tasas, y manejar un pequeño remanente de las ganancias que quedaban a fin de mes.
Bárcenas, era feliz. Las finanzas de aquel pequeño cine eran un hobby para el. Poco a poco dejaron de interesarle las tramas que se urdían en las películas, y profundizó más en el estado de cuentas del negocio.
Un día descubrió que con el saldo de los beneficios, una vez descontado el sueldo de Benancio y los gastos, se podía hacer algo. Y Bárcenas lo hizo.
Entregando una pequeña cantidad de pesetas en un sobre a un concejal del pequeño ayuntamiento, logró que declaraban monumento histórico al viejo cine, e incluirlo, debido a su calamitoso estado, en la lista de edificios a restaurar del pueblo.
Fue así como negociando después con la empresa que realizó las obras, pudo hacerse con una parte del presupuesto de la restauración, al desviar material hacía otras obras que tenía el constructor, quedándose él con la parte correspondiente del dinero del ayuntamiento.
Bárcenas en pocos años creó una reputación en su pequeña ciudad, y se hizo con el edificio del Ateneo, la biblioteca y un pequeño salón de baile.
Con el tiempo Benancio murió, y Bárcenas le compró a su heredera, una hija que tenía Benancio en México, el vetusto cine.
Llevaba ya dos años sin abrir, tal era su lamentable estado . No obstante logró reinaugurarlo, y que el ayuntamiento lo declarara "edificio ruinoso". La demolición fue gratuita, gracias a sus contactos con las empresas de construcción. Y la recalificación del terreno instantánea. Bárcenas era ya por aquel entonces, concejal de urbanismo.
Un hermoso hotel ocupó el sitio del antiguo cine. Y detrás de el, un edificio de pisos se construyó en el solar del Ateneo. La biblioteca ardió un buen día, y unas galerías comerciales se establecieron en su lugar.
Bárcenas había llegado a la Diputación Provincial. Casado con la única hija del mayor constructor de la región, sus vínculos con varias empresas privadas eran cada vez más notables.
Los edificios caían por docenas, y otros se levantaban en sus emplazamientos. Gasolineras, bancos y hasta un viejo hospicio fue "renovado" por un complejo de chalets adosados.
Todo había cambiado, Bárcenas era millonario y muy influyente. Pero un día, años después, visitó los nuevos cines con su hijo. Y no fue agradable descubrir como las palomitas no sabían igual. El sonido de aquella maquinaria no era el mismo y sobretodo, que Benancio, aquel que le había brindado su primera oportunidad y junto al que había pasado tantas tardes, ya no estaba.

martes, 24 de septiembre de 2013

El Capi


Era yo el que estaba en aquel hospital, solo, mientras el capitán partía por última vez. Su nave se alejaba entre brumas otoñales.
Recuerdo la madrugada: fresca, aunque no fría; húmeda como las cuadernas tras una singladura.

Me descubrí a mí mismo despidiéndome de él, sin comprender del todo lo que ocurría. Creí estar en un embarcadero lleno de movimiento: marineros saludando al capitán, familias despidiéndose, furgonetas descargando la mercancía de última hora. Y música. Siempre hay canciones en mis recuerdos. Aquella vez sonaba una letra conocida:

—Ay, mi pescadito, no llores ya más...

Juraría que era de una película, quizá con Spencer Tracy.

El barco hizo sonar su bocina por primera vez. Lo busqué para despedirme, pero otra vez no lo encontré.

Su vida había sido un ir y venir constante: capear temporales, transportar mercancías, pescar. Suez y el petróleo. Terranova y el bacalao. El mar del Norte y Argentina, a por merluza. África del Sur, Mozambique, Angola… siempre tras el atún.

Tanto mar y tan poco hogar lo hicieron solitario. Bohemio, romántico, incluso extraño para la vida apresurada de tierra.

Lo recuerdo en una panadería, sorprendido:
—¿Cómo pudo subir tanto el pan? —decía, mirando la barra como si fuera un lujo.

Pasaban años entre sus regresos, y todo cambiaba deprisa. También nosotros. Y, sobre todo, ella.

El tiempo suavizó su carácter, pero seguía tan hermosa como antes. Él no lo comprendió, o quizá sí. Ella, sola, sacando adelante a sus hijos y peleando sin su compañero, también capeaba tormentas. Y lo logró. Pero quedó marcada, como marcan las aguas y los vientos a las rocas.

Él, en cambio, se quedó anclado en la mar. Para cuando regresaba, la vida en tierra le resultaba extraña, ajena. Y muchas tormentas interiores le desarbolaban la paz. Nuestra paz: cómoda, pero huérfana.

Sin embargo, siguió escribiéndole poemas a la luz de las estrellas del Atlántico, en aquel puente, solo. Letras hermosas, sentimientos adolescentes en un hombre ya mayor. Amaba, no me cabe duda. Lo sé porque, como él, yo también amo en silencio, por dentro. Locamente.

La radio de Walvis Bay lo traía a casa de vez en cuando. Fue una vida dura para todos. Lo sigue siendo para mí, porque mis ojos me delatan mientras escribo.

La bocina del barco sonó por tercera vez. Yo, solo en aquel puerto, no me pude despedir.

El Capi se marchó en silencio y en paz, llevándose a Verolosky —como lo llamaban sus amigos—. Llevándose al amor de mi madre. Al padre de mi hermano. Llevándose a papá.

Poco pienso en él, y debería hacerlo más. Esta noche su recuerdo me inundó, y no he podido dormir.

Una vida salada en ambos casos. Extraña. Como todas las vidas.

Abur, Capi. Tu nieto sabe de ti. Me pregunta si tu barco era grande como una casa, si dormías junto a ballenas y tiburones. Siempre le respondo lo mismo:

—Sí, Lolo. Tu abuelo subía olas enormes con su barco y hablaba con los peces. Una vez llegó al fin del mundo y regresó para contárnoslo. Las tempestades le huían, y conocía cada roca, cada playa, y a todas las sirenas del mar.

Te quiero.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Raquel y Pablo

Quizás previendo el desastre, seleccionó durante semanas el momento, las palabras y los movimientos a tener en cuenta.
Toda su vida a resguardo, se mantuvo alejado de riesgos y emociones, más allá de algún final triste o intrigante de alguna de aquellas películas que solían poner en la televisión durante la hora de la siesta.
Un inusual sentimiento de soledad le poseyó durante toda su vida. Desde niño, sus mejillas o manos no habían rozado jamás las de otra mujer que no fuera su madre. Nunca un amigo conoció, excepto aquel vecino con el que coincidía en el corto trayecto de ascensor que llevaba del portal de su casa, al sexto piso donde él pasaba sus días y noches.
Aquel bajito, rechoncho y encantador ser que se atrevía a conversar con él sin llegar a conocerlo.
En una ocasión estuvieron charlando una hora, sobre la importancia de las puertas de seguridad del ascensor y la iluminación de los pulsadores de llamada. En el portal. En bajito, casi susurrando y apartándose, de manera casi sospechosa, cada vez que otro vecino pasaba.
Su trabajo le permitió siempre llevar una vida solitaria. Empleado desde la adolescencia en una empresa de unos conocidos de su familia, cumplimentando ficheros de clientes de varias aseguradoras. Haciendo bases de datos de personas ajenas para compañías desconocidas. Solo. Recluído en un pequeño despacho, interior. Austero y monocromático espacio laboral que él mismo abría, cerraba y limpiaba. Un repartidor le entregaba una o dos veces a la semana, dos grandes cajas llenas de documentos para pasarlos al ordenador y enviar los datos a un grupo de direcciones de E-mail, que nunca jamás respondían.
Los sábados, recorría el trayecto que separaba su casa de un kiosko donde compraba el periódico y una vez al mes, el número siguiente de Picos y Plumas. Una publicación mensual sobre el revelador mundo de los loros.
Los domingos dormía. Como esas personas que no encuentran nada que hacer y se sumergen en la dopamina somnífera, que hayan entre las sábanas.
Abandonado a una muerta en vida, se levantaba al mediodía para darse un baño de sales en silencio. La música le parecía un atentado al buen gusto del silencio, y nunca una canción le hizo sentir rabia, afecto, dolor, pasión, etc. Las tardes paseaba por el parque de las palmeras. En verano con una gorra con un gran loro como logo, y en invierno con un pequeño paraguas automático extensible. De esos que caben en un bolsillo.
Pero un 16 de abril de hace dos años, el mundo se ensanchó. Se alargó. Se coloreó. Se llenó de sonidos, risas y canciones de Donna Summer y de los Bee Gees.
Aquel lluvioso día, Raquel entró en su pequeña oficina con un uniforme de la compañía de repartos habitual.
El, descolocado, no supo que decir ni donde ponerse. En su propio terreno conocido, se encontraba perdido.
Raquél empapada se sacó la gorra, y soltó su largo pelo negro. Algunas canas se intercalaban entre matas de cabello oscuro. Unas gafas desafortunadas, de gruesos cristales le permitían ver algo de aquel mundo hostil. Aquel exterior, que ella había logrado dominar echándole valor y coraje hacía años. Buscando trabajo y encontrándolo. Visitando diariamente a muchas personas y descubriendo, que si bien no todo el mundo es bueno, al menos hacia afuera si lo parecen.
No obstante, su miedo y timidez, seguían ahí en sus adentros. Sólo una amiga, María la acompañaba en sus paseos dominicales al cine. Que era todo y cuanto había logrado hacer, para salir de casa.
Aquellos dos últimos años, nuestro amigo, compró ropa por internet, algún disco y muchos libros de autoayuda. Hablaba con Raquél, la nueva transportista, dos veces por semana. Tan solo de las cosas del trabajo o del tiempo, tan solo tres minutos. Pero el poder del amor había traspasado toda coraza o miedo interior, y hoy era el día elegido. Ella cada vez se quedaba más rato. Le sonreía y las últimas navidades le había dado la mano deseándole felices fiestas.
Una entrada para el estreno del mes en el cine del barrio y una reserva en el italiano que había de camino a casa. Un pantalón de pinzas nuevo, azul en vez de gris. Una camisa sin corbata y un jersey por los hombros en vez de americana, era todo cuanto podía cambiar. No admitía más.
Había pintado su casa. Una habitación de cada color. Había hecho retirar los antiguos azulejos del cuarto de baño, y había renovado por completo la cocina que sus padres habían montado hacía ya casi, sesenta años.
Estaba sentado en su silla detrás de la mesa y del ordenador, revisando cada minuto el reloj, cuando se abrió la puerta a la hora indicada.
Lo primero que vio fue que en la calle llovía, la gente corría por las aceras para resguardarse en alguna balconada o portal. Lo siguiente fue una caja que tapaba a la persona que la traía. Eso era raro, Raquel usaba un pequeño carrito para transportar la mercancía.
En un segundo su rostro palideció. Un vuelco repentino percibió en su piel. Le sobrevino un escalofrío al escuchar aquel hombre saludarlo y preguntarle donde quería que dejara la caja.
No se atrevió a preguntar que había sido de Raquél hasta tres semanas después. Otro día lluvioso. Desesperado escuchó que la habían cambiado de ruta. Que tenía un problema de espalda, y la habían destinado al reparto de correspondencia y publicidad por los buzones.
Se hundió aún más de lo que nunca había estado hundido. No pudo seguir trabajando, y por primera vez en catorce años, cerró la oficina y se dirigió a casa. Mojándose por la lluvia, cabizbajo y con pasos lentos discurrió el trayecto. Le dio tiempo a tirar en una papelera las entradas que aún guardaba, a pensar en que ya era hora de comprar un loro, y a llorar. Llorar sin lágrimas, como había hecho toda su vida.
Sacó la llave de casa mientras esperaba el ascensor, y entonces la puerta del portal se abrió, y una persona en uniforme se dirigió a los buzones. No era posible!! El bajó titubeando las tres escaleras, que lo separaban de la zona de buzones, y empapado se quedó quieto encima del gran felpudo.
-Raquél??  - Sollozó con esperanza.
Ella levantó la cabeza, hizo una mueca amable y contestó.
Soltó su media melena, y le dirigió unas palabras:
- Te das cuenta de que aún no sé tu nombre?
- Pablo, me llamo Pablo. Y creo que hoy he muerto, pero eso ya pasó. Ahora respiro de nuevo.

martes, 23 de julio de 2013

Crónica De Un Rust Que Nunca Fue

Palabras amables. Dulces. Cariñosas. Palabras llenas de agradables recuerdos y repletas de ensortijadas metáforas que se funden con el alma. Esas las sabemos escribir.
Recuerdos. De momentos inacabados, con amigos insospechados hace unos años. De canciones dulces, y ásperas. Recuerdos de sonrisas infinitas y placeres desbordados por compartir un sentimiento común. Esos no nos los robaron.
Canciones. De amor siempre. Sin un fin en concreto, tan solo canciones en el aire de un castillo sin par. Canciones frágilmente duras con cortantes recovecos y afilados estribillos.
Miles de canciones, y al final sólo una.
No es regalar si esperas contra prestación de algún tipo. No es organizar altruistamente, si deseas reconocimiento y repetición cíclica. No es colaborar, si te olvidas de quien te abrió la puerta y ni lo nombras. No es tuyo si nunca estás. Ni lo fue, ni lo será.
Muchos podemos hilar esas palabras con los recuerdos. Y pensar en las canciones. Hacer textos entretenidos, llenos de un vacío mortal en el alma. Hacer textos engalanados, para esconder fines vanidosos y perdurar. Hacer textos y perdurar. A quien le importa?
Podemos permanecer callados, y que otros llenen de colores un fondo en blanco y negro. Pero no es nuestro estilo, mi estilo.
Cansado ya de escuchar hermosas palabras rellenas de sirope, tengo derecho al pataleo. Por mi, y por muchos otros que se han quejado de innumerables faltas.
Muchos podemos hacer textos de oro con los desplantes recibidos, y no lo hacemos.
Simplemente este no ha sido un Rust Fest, el año que viene esperamos asistir al IV, y que este quede como otro escalón que alguien decidió subir, pisando a los que nunca tuvo en consideración, ni le importaban nada. Subir, no para otear mejor, si no para que otros le vean bien. Subir, para suplir sus carencias con agasajos de miel y baba.
Jamás estará esta crónica donde debe estar. Lo sé. Pero para reconocer el paisaje, es necesario, también, descender a las cuevas, meterse en el lodo y rebuscar entre los detritus. Ahí es donde está el TODO. En los campos verdes meciéndose al viento, las almenas altivas y esplendorosas, y en los páramos yermos donde se luchan las batallas. Y que suelen quedar llenos de despojos y cadáveres olvidados.
Al final, este escrito no es una POM, pero los que me conocéis, sabéis que es SOULFULL al 100%..
HOW COULD PEOPLE GET SO UNKIND!!