Africa, es un continente demasiado grande.
Mi tiempo, y mi constancia son demasiado pequeños.
Mandaré un terremoto, un virus o un dictador nuevo a acabar con todos. O bien puedo dejarlos descansar y retomarlo algún día, con un café y menos cosas en la cabeza, que entorpezcan la vida de estos sicarios, narcos, políticos y demás inventos chorras que salen de mi cerebro aburrido....
Africa esperará pues. Como tú y yo, como vosotros, a que un día se convierta en noche y me siente a saborear la taza y golpear el teclado de nuevo. Nada imprescindible. Nada necesario. Nada transcendental. Tan solo un pasatiempo más, que roba mis horas de holgazán.
Me esperareis?
viernes 5 de agosto de 2011
miércoles 5 de enero de 2011
VII. Hacia Monrovia. Africa.
La noche había resultado agradable. Fresca incluso.
Amanecimos muy temprano, ya que era necesario llegar a Monrovia esa misma noche, y en Africa, los desplazamientos no dejan de ser como una prueba de fuego, para la paciencia humana.
Habían pasado ya cuatro horas y nos acercábamos a River Cess, la primera población con entidad suficiente como para llamarla ciudad. Tres horas de viaje, atravesando en coche manglares malolientes y sufriendo una carretera sin señales, ni carriles. Con una temperatura que sube a cada kilómetro que recorres, y unos trailers llenos de troncos enormes, que apuran el ancho de la vía hasta echarte a la zanja sin miramientos.
Gartee es buen conductor, y un gran compañero de viaje. Un simple rato charlando sobre su vida y aclarándome algún entresijo del país, fue toda su conversación. Prometió un día entero de descanso para mi, y lo estaba cumpliendo.
A diferencia de sudamérica, este continente es más ordenado. Los diferentes paisajes aparecen o desaparecen de pronto, dando paso a otros con unos límites muy marcados. No se enmaraña tanto la vegetación, sino que ocupa su lugar de manera más o menos ordenada. Los animales, vagan tranquilos, a la vista. No tienen ese apuro en esconderse como en otros lugares. Pensé, en aquellos momentos en los que pasábamos por al lado de grupos de gacelas y otros bichos, que era como si supieran de su destino fatal. Como entregadas al precio del desarrollo. Poco a poco desalojadas de sus ancestrales territorios, y diezmadas implacablemente. Algo que noté también en los más pobres de los seres humanos que circulaban a pie por las cunetas.
Ya en Buchanan, paramos a reponer líquidos, y comprar comida. Llevábamos nueve horas sentados en aquel coche, y aún restaban otras cuatro para llegar a Monrovia.
Buchanan, es la capital de Gand Bassa, un condado extenso y fundamentalmente agrícola, pero que en los últimos años es destino turístico de europeos. Que lo utilizan como base para conocer el país, disfrutan sus playas y su naturaleza.
Se follan a sus mujeres más jóvenes y, mayoritariamente las europeas de edad y buena pensión, llegan con hambre, devoran atléticos y turgentes cuerpos morenos, y pagan la factura al irse. Algo que en las islas de Cabo Verde está ya muy explotado, y aquí comienza a ser un negocio con visos de prosperar.
Es una ciudad bonita, con una gran pintada en sus afueras que dice: Grand Bassa Surf Camp. Y un dibujo de las típicas líneas onduladas paralelas, haciendo de olas que entran en una gran playa. Perfectas y cristalinas.
La primera derecha liberiana, la veo aquí. Es lo que parece ser una rompiente de roca, solitaria y no muy difícil. Corta y apetecible, sin viento y glassy. Y entonces sucede. Un tipo con una tabla amarilla, se acerca por la orilla al mar... no me da tiempo a ver más, pero me sirve esa visión, para desconectar y recuperar el espíritu surfero durante un rato. Justo hasta que Gartee recibe una llamada en su móvil, me mira y contesta en un perfecto inglés: - Ok, we will be there in four hours. Bye.
Atravesamos lo poco que nos queda de ciudad callados, y ya al salir a la carretera, pregunto por la llamada.
- Era uno de nuestros contactos "dentro". Ha habido un cambio de planes. Federico Abadía, la mano derecha de Posadas en Liberia ha sido encontrado muerto. Creemos que era el encargado de las relaciones con los dos ministros que investigamos, y todo apunta a que ha sido torturado.
- Federico en Colombia actuó siempre detrás de sus jefes. Hace cuatro años, fue liberado de un secuestro en el que le cortaron un brazo, y lo dejaron con vida por la rápida intervención de los servicios de inteligencia del país. Este cabrón llevaba años, robando cocaína de los vuelos que inspeccionaba y dirigía, para el Señor Blanco, el mayor narcotraficante del sur de Colombia. Tras ese incidente, Federico tuvo que abandonar sudamérica para siempre.
- Ahora también ha dejado Africa para siempre- sentenció Gartee.
Las pocas nubes que quietas permanecen en el cielo, comienzan a difuminarse con la oscuridad. El día acaba, y mi mente despierta aletargada del paseo por la costa liberiana y centra toda su atención en los pasos a seguir. El asesinato de Federico Abadía, no marca un buen principio. Nada es como empieza, y nada tiene un final escrito.
Liberia se apaga, hoy con incertidumbre.
Amanecimos muy temprano, ya que era necesario llegar a Monrovia esa misma noche, y en Africa, los desplazamientos no dejan de ser como una prueba de fuego, para la paciencia humana.
Habían pasado ya cuatro horas y nos acercábamos a River Cess, la primera población con entidad suficiente como para llamarla ciudad. Tres horas de viaje, atravesando en coche manglares malolientes y sufriendo una carretera sin señales, ni carriles. Con una temperatura que sube a cada kilómetro que recorres, y unos trailers llenos de troncos enormes, que apuran el ancho de la vía hasta echarte a la zanja sin miramientos.
Gartee es buen conductor, y un gran compañero de viaje. Un simple rato charlando sobre su vida y aclarándome algún entresijo del país, fue toda su conversación. Prometió un día entero de descanso para mi, y lo estaba cumpliendo.
A diferencia de sudamérica, este continente es más ordenado. Los diferentes paisajes aparecen o desaparecen de pronto, dando paso a otros con unos límites muy marcados. No se enmaraña tanto la vegetación, sino que ocupa su lugar de manera más o menos ordenada. Los animales, vagan tranquilos, a la vista. No tienen ese apuro en esconderse como en otros lugares. Pensé, en aquellos momentos en los que pasábamos por al lado de grupos de gacelas y otros bichos, que era como si supieran de su destino fatal. Como entregadas al precio del desarrollo. Poco a poco desalojadas de sus ancestrales territorios, y diezmadas implacablemente. Algo que noté también en los más pobres de los seres humanos que circulaban a pie por las cunetas.
Ya en Buchanan, paramos a reponer líquidos, y comprar comida. Llevábamos nueve horas sentados en aquel coche, y aún restaban otras cuatro para llegar a Monrovia.
Buchanan, es la capital de Gand Bassa, un condado extenso y fundamentalmente agrícola, pero que en los últimos años es destino turístico de europeos. Que lo utilizan como base para conocer el país, disfrutan sus playas y su naturaleza.
Se follan a sus mujeres más jóvenes y, mayoritariamente las europeas de edad y buena pensión, llegan con hambre, devoran atléticos y turgentes cuerpos morenos, y pagan la factura al irse. Algo que en las islas de Cabo Verde está ya muy explotado, y aquí comienza a ser un negocio con visos de prosperar.
Es una ciudad bonita, con una gran pintada en sus afueras que dice: Grand Bassa Surf Camp. Y un dibujo de las típicas líneas onduladas paralelas, haciendo de olas que entran en una gran playa. Perfectas y cristalinas.
La primera derecha liberiana, la veo aquí. Es lo que parece ser una rompiente de roca, solitaria y no muy difícil. Corta y apetecible, sin viento y glassy. Y entonces sucede. Un tipo con una tabla amarilla, se acerca por la orilla al mar... no me da tiempo a ver más, pero me sirve esa visión, para desconectar y recuperar el espíritu surfero durante un rato. Justo hasta que Gartee recibe una llamada en su móvil, me mira y contesta en un perfecto inglés: - Ok, we will be there in four hours. Bye.
Atravesamos lo poco que nos queda de ciudad callados, y ya al salir a la carretera, pregunto por la llamada.
- Era uno de nuestros contactos "dentro". Ha habido un cambio de planes. Federico Abadía, la mano derecha de Posadas en Liberia ha sido encontrado muerto. Creemos que era el encargado de las relaciones con los dos ministros que investigamos, y todo apunta a que ha sido torturado.
- Federico en Colombia actuó siempre detrás de sus jefes. Hace cuatro años, fue liberado de un secuestro en el que le cortaron un brazo, y lo dejaron con vida por la rápida intervención de los servicios de inteligencia del país. Este cabrón llevaba años, robando cocaína de los vuelos que inspeccionaba y dirigía, para el Señor Blanco, el mayor narcotraficante del sur de Colombia. Tras ese incidente, Federico tuvo que abandonar sudamérica para siempre.
- Ahora también ha dejado Africa para siempre- sentenció Gartee.
Las pocas nubes que quietas permanecen en el cielo, comienzan a difuminarse con la oscuridad. El día acaba, y mi mente despierta aletargada del paseo por la costa liberiana y centra toda su atención en los pasos a seguir. El asesinato de Federico Abadía, no marca un buen principio. Nada es como empieza, y nada tiene un final escrito.
Liberia se apaga, hoy con incertidumbre.
jueves 23 de diciembre de 2010
VI. Ivory Hotel. Africa
La carretera hasta el "hotel" donde vamos a pasar la noche, resultó entretenida.
Conducir al lado del mar, mientras el sol se pone tras líneas de olas entrando perfectas con una leve brisa terral, es uno de los mayores placeres del mundo.
Liberia es un país de izquierdas.
No políticamente, que es una ensalada de caciques locales y foráneos, si no por sus rompientes. Ni una derecha en condiciones, en los 32 kilómetros desde Greenville hasta el Ivory Hotel.
La primera vista de nuestra habitación fue reveladora. Un gran poster en la pared, con la leyenda: Free Liberian People Of Cocaine! y el dibujo de un niño, esnifando coca, y esta saliendo al aire por una cabeza sin cerebro ni cráneo, me hizo pararme un rato a contemplarlo.
Dos camas perfectamente hechas, en una habitación sin limpiar desde hace por lo menos dos revoluciones, llamaban la atención.
Guntua, una mujer de unos 60 años risueña y muy amable, nos cobra por adelantado la única noche que utilizaremos sus instalaciones.
Tras tirar mi mochila encima de la cama, y darme un baño en la típica ducha exterior, compuesta por una gran barreño de agua puesto encima de cuatro palos, cubiertos por unas maderillas alrededor, y una cuerda de la que al tirar, unos cinco litros de agua caen a la vez y sin posibilidad de regularlo mejor, me propongo bajar hasta esa pequeña playa que se extiende a los pies del Ivory.
Pienso en Ernesto Posadas. Donde se encontrará en estos momentos. Porque un hombre como el, con muchísimos intereses en Venezuela, Paraguay, desde hoteles a empresas de exportación de materias primas y manufacturas, y un gran capital en diversos paraísos fiscales, no abandona todo este entramado del narcotráfico, y se va a vivir una vida de oro junto con los suyos.
Que tiene este mundo que tanto cuesta despegarse de el? O es que no le dejan? evidentemente para que Posadas y otros hayan hecho tanto negocio transportando droga a U.S.A., han tenido que pagar un alto precio. Comprar políticos en países sudamericanos, y ponerlos a los píes de la C.I.A., actuar de sicarios de países "democráticos", e incluso financiar campañas políticas en lugares insospechados.
Demasiada mierda saben, como para que ahora pidan una pensión de jubilación, y se vayan a bucear y beber mojitos, junto a su querida esposa e hijos.
No. Deben seguir pagando los favores que les comprometen, atados a sus secretos para siempre, o hasta que otro, con la cabeza trastornada y creyendo que podrá retirarse sin daños, los vende, los arruina o simplemente les corta las pelotas, orejas, nariz y dedos. Les vacía los ojos, y junto a su propia libertad futura, los presenta como fianza, ante uno de esos poderes fácticos, que siempre necesitan nuevos avarientos hijos de puta que les sirvan.
Gartee me hace gestos desde las dunas. Será la cena.
El sonido del mar, me hace dejar de pensar durante mi paseo de vuelta. Da igual donde estés y las condiciones que te rodeen, el suave rumor del océano es siempre el mismo para todos.
Noto la pistola en la espalda, atrapada por el cinturón. He matado ya en el pasado, incluso demasiadas veces, pero esa sensación vuelve a recorrerme la espina dorsal. No es algo que me cueste en el momento, pero si me pasa factura después. Se que el mundo está lleno de cabrones que merecen una bala entre los ojos, pero cada vez pienso más, que esos cabrones merecerían otro mundo también. Y en ese otro mundo, con suerte, ellos no serían los malos.
Un mundo perfecto no existe, así que cumpliré mi tarea.
El olor a mar, se mezcla ya con el del pescado a la parrilla. Veo a Guntua junto a Gartee, cocinando y fumando al lado de la ducha, casi en las dunas.
Africa es diferente. El paraíso hoy.
Conducir al lado del mar, mientras el sol se pone tras líneas de olas entrando perfectas con una leve brisa terral, es uno de los mayores placeres del mundo.
Liberia es un país de izquierdas.
No políticamente, que es una ensalada de caciques locales y foráneos, si no por sus rompientes. Ni una derecha en condiciones, en los 32 kilómetros desde Greenville hasta el Ivory Hotel.
La primera vista de nuestra habitación fue reveladora. Un gran poster en la pared, con la leyenda: Free Liberian People Of Cocaine! y el dibujo de un niño, esnifando coca, y esta saliendo al aire por una cabeza sin cerebro ni cráneo, me hizo pararme un rato a contemplarlo.
Dos camas perfectamente hechas, en una habitación sin limpiar desde hace por lo menos dos revoluciones, llamaban la atención.
Guntua, una mujer de unos 60 años risueña y muy amable, nos cobra por adelantado la única noche que utilizaremos sus instalaciones.
Tras tirar mi mochila encima de la cama, y darme un baño en la típica ducha exterior, compuesta por una gran barreño de agua puesto encima de cuatro palos, cubiertos por unas maderillas alrededor, y una cuerda de la que al tirar, unos cinco litros de agua caen a la vez y sin posibilidad de regularlo mejor, me propongo bajar hasta esa pequeña playa que se extiende a los pies del Ivory.
Pienso en Ernesto Posadas. Donde se encontrará en estos momentos. Porque un hombre como el, con muchísimos intereses en Venezuela, Paraguay, desde hoteles a empresas de exportación de materias primas y manufacturas, y un gran capital en diversos paraísos fiscales, no abandona todo este entramado del narcotráfico, y se va a vivir una vida de oro junto con los suyos.
Que tiene este mundo que tanto cuesta despegarse de el? O es que no le dejan? evidentemente para que Posadas y otros hayan hecho tanto negocio transportando droga a U.S.A., han tenido que pagar un alto precio. Comprar políticos en países sudamericanos, y ponerlos a los píes de la C.I.A., actuar de sicarios de países "democráticos", e incluso financiar campañas políticas en lugares insospechados.
Demasiada mierda saben, como para que ahora pidan una pensión de jubilación, y se vayan a bucear y beber mojitos, junto a su querida esposa e hijos.
No. Deben seguir pagando los favores que les comprometen, atados a sus secretos para siempre, o hasta que otro, con la cabeza trastornada y creyendo que podrá retirarse sin daños, los vende, los arruina o simplemente les corta las pelotas, orejas, nariz y dedos. Les vacía los ojos, y junto a su propia libertad futura, los presenta como fianza, ante uno de esos poderes fácticos, que siempre necesitan nuevos avarientos hijos de puta que les sirvan.
Gartee me hace gestos desde las dunas. Será la cena.
El sonido del mar, me hace dejar de pensar durante mi paseo de vuelta. Da igual donde estés y las condiciones que te rodeen, el suave rumor del océano es siempre el mismo para todos.
Noto la pistola en la espalda, atrapada por el cinturón. He matado ya en el pasado, incluso demasiadas veces, pero esa sensación vuelve a recorrerme la espina dorsal. No es algo que me cueste en el momento, pero si me pasa factura después. Se que el mundo está lleno de cabrones que merecen una bala entre los ojos, pero cada vez pienso más, que esos cabrones merecerían otro mundo también. Y en ese otro mundo, con suerte, ellos no serían los malos.
Un mundo perfecto no existe, así que cumpliré mi tarea.
El olor a mar, se mezcla ya con el del pescado a la parrilla. Veo a Guntua junto a Gartee, cocinando y fumando al lado de la ducha, casi en las dunas.
Africa es diferente. El paraíso hoy.
lunes 20 de diciembre de 2010
V. El Sr. Odonell. Africa
- Espero que su entrada en el país fuera lo más sigilosa posible, señor Eriz. Como se encuentra?
- Teniendo en cuenta las circunstancias, mi paseo ha sido tranquilo y discreto.
Estas fueron las primeras palabras que entable con Clay O'Donell. Antes incluso de mirarme, y mientras se encaminaba hacia la mesa.
Con el, Gartee Tubman entra en la habitación. Me devuelve mi mochila, y deja una enorme bolsa de deportes en el suelo a mi lado.
- Max Eriz de Soto. Colaborador independiente de distintos servicios secretos sin especificar, pero que todos conocemos, -lee Clay mientras levanta la mirada hacia mi- Trabajó para el cuerpo diplomático español en Japón, Brasil, México y Sudáfrica. Dos años, del 2000 al 2002, sin saber nada de sus hazañas. No hay datos de movimientos bancarios, entradas o salidas de ningún país, trabajos para nadie...... -Dígame Max, ¿esas vacaciones fueron pagadas por alguien?- sonríe.´
Al ser una pregunta de la que no se espera respuesta, decidí continuar callado, a la espera de algo más interesante.
- Trabajó con un equipo, para el desarrollo de un servicio de información de justicia criminal internacional. Del que no hay resultado, por lo menos visible. Los gobiernos estadounidense, británico, israelí, que financiaron este proyecto, no comunican nada sobre su conclusión o sus frutos.
- Conozco mi currículum, no es necesario recordármelo.
- Los últimos años, colabora en distintas misiones contra el narcotráfico, y lo más importante, levanta sospechas sobre investigaciones paralelas a las mismas agencias para las que trabaja, y se duda de su lealtad. No obstante, sigue contando con el amparo de todas ellas.
- Reconozco que es ameno este rato de lectura sobre mi vida laboral, pero si esto va a durar mucho rato, pediría se me facilitaran unos cigarros, ya que los terminé. Y siempre me gustó fumar mientras escucho algo interesante.
- Gartee tiene tabaco, ¿hace el favor de compartirlo con el señor Eriz?
Mi enlace me acerca una cajetilla de Marlboro y un encendedor.
- Bueno Max, dejemonos de perder tiempo y vayamos al grano. Le confieso que no soy partidario de su intervención en esta misión, creo que nuestros servicios de inteligencia podrían resolverlo de una manera adecuada. Pero trabajaré con usted mano a mano. Gartee la bolsa!
Gartee sube la bolsa de deportes a la mesa. Y la abre.
De ella salen, distintos pantalones cortos y largos, camisetas, camisas, y otras prendas de vestir usadas. Dos móviles. Una pistola Smith&Wesson 9mm. Cuatro cajas de munición. Una cartera con varias tarjetas de crédito, un pasaporte británico y una tarjeta de libre circulación. Las llaves de una casa en Monrovia y un billete de avión hacia Pretoria para dentro de un mes y tres días.
- Todo esto es suyo. Y este sobre que contiene un USB portátil con toda la información de la misión. Yo desconozco los detalles, y mi cometido se ciñe a hacer de intermediario entre usted y los "jefes", y facilitarle cualquier cosas que necesite, mientras está en Liberia.
- Ahora se cambiará. Este telefono tiene línea exclusiva conmigo. Es seguro. El otro, rojo, es un móvil abierto, para su comunicación con Gartee que lo acompañará durante el trabajo, o lo que necesite. Las llaves son de su piso en Monrovia. El billete es para regresar a casa, pase lo que pase en esa fecha. Es decir, tras el día del vuelo, no tendrá a nadie aquí que responda por usted, estará solo, y le aviso que Liberia no es un parque de atracciones.
Mientras escuchaba, me ponía un pantalón largo vaquero y una camiseta negra descolorida por el sol. Guardaba la pistola en la espalda debajo del cinturón y encendía un segundo Marlboro.
- Como se supone que he de establecer contacto con Ernesto Posadas?
- Cuando llegue a Monrovia, Gartee le llevará y le enseñara, donde tienen sus negocios los amigos de Ernesto. Y el mismo. No le digo nada nuevo, pero cuidado, el Sr. Posadas no es un narcotraficante en Liberia, si no un importador de productos tecnológicos, muy bien considerado por gobierno y la población en general.
- Ok, llevo dos años estudiando esta ruta, se lo que he de buscar, y donde es mejor no escarbar. Ernesto es un viejo conocido de otros trabajos en sudamérica. El no sabe quien soy, pero conoce la existencia de investigaciones contra el. Y de varios infiltrados en su "compañía"..... todos muertos de manera nada delicada.
- Bien, Gartee le dará un sobre con dinero para los primeros días. Luego recurra a las tarjetas. Espero que todo le vaya bien. A todos los efectos yo no existo, trabajo como consejero del ministro de relaciones exteriores, y nadie sospecha de mi. Tenemos más infraestructura en el país, ya le informará Gartee cuando sea preciso.
Un apretón de manos, es el final de nuestro encuentro. Gartee me comenta que haga lo que tenga que hacer con el portátil, que será la última vez que dispondremos de conexión segura en dos días. Se va con Clay.
Solo ya en la habitación, me acerco a las grandes ventanas. Veo salir el coche, e inmediatamente detrás el coche grande negro que aparcó en la esquina a su llegada, le sigue.
Aguardo a Gartee comprobando en el ordenador, que mi propia vía de escape, sigue siendo viable. En mi trabajo, fiarse de alguien que te paga, no siempre es seguro.
Un Compañero con el que trabajé en Sierra Leona, me brinda apoyo. Si no jamás hubiera aceptado sumergirme en este remolino de basura en el que estoy a punto de entrar.
El aire acondicionado, sopla agradablemente. Sin el esta media hora hubiera sido insufrible.
- Teniendo en cuenta las circunstancias, mi paseo ha sido tranquilo y discreto.
Estas fueron las primeras palabras que entable con Clay O'Donell. Antes incluso de mirarme, y mientras se encaminaba hacia la mesa.
Con el, Gartee Tubman entra en la habitación. Me devuelve mi mochila, y deja una enorme bolsa de deportes en el suelo a mi lado.
- Max Eriz de Soto. Colaborador independiente de distintos servicios secretos sin especificar, pero que todos conocemos, -lee Clay mientras levanta la mirada hacia mi- Trabajó para el cuerpo diplomático español en Japón, Brasil, México y Sudáfrica. Dos años, del 2000 al 2002, sin saber nada de sus hazañas. No hay datos de movimientos bancarios, entradas o salidas de ningún país, trabajos para nadie...... -Dígame Max, ¿esas vacaciones fueron pagadas por alguien?- sonríe.´
Al ser una pregunta de la que no se espera respuesta, decidí continuar callado, a la espera de algo más interesante.
- Trabajó con un equipo, para el desarrollo de un servicio de información de justicia criminal internacional. Del que no hay resultado, por lo menos visible. Los gobiernos estadounidense, británico, israelí, que financiaron este proyecto, no comunican nada sobre su conclusión o sus frutos.
- Conozco mi currículum, no es necesario recordármelo.
- Los últimos años, colabora en distintas misiones contra el narcotráfico, y lo más importante, levanta sospechas sobre investigaciones paralelas a las mismas agencias para las que trabaja, y se duda de su lealtad. No obstante, sigue contando con el amparo de todas ellas.
- Reconozco que es ameno este rato de lectura sobre mi vida laboral, pero si esto va a durar mucho rato, pediría se me facilitaran unos cigarros, ya que los terminé. Y siempre me gustó fumar mientras escucho algo interesante.
- Gartee tiene tabaco, ¿hace el favor de compartirlo con el señor Eriz?
Mi enlace me acerca una cajetilla de Marlboro y un encendedor.
- Bueno Max, dejemonos de perder tiempo y vayamos al grano. Le confieso que no soy partidario de su intervención en esta misión, creo que nuestros servicios de inteligencia podrían resolverlo de una manera adecuada. Pero trabajaré con usted mano a mano. Gartee la bolsa!
Gartee sube la bolsa de deportes a la mesa. Y la abre.
De ella salen, distintos pantalones cortos y largos, camisetas, camisas, y otras prendas de vestir usadas. Dos móviles. Una pistola Smith&Wesson 9mm. Cuatro cajas de munición. Una cartera con varias tarjetas de crédito, un pasaporte británico y una tarjeta de libre circulación. Las llaves de una casa en Monrovia y un billete de avión hacia Pretoria para dentro de un mes y tres días.
- Todo esto es suyo. Y este sobre que contiene un USB portátil con toda la información de la misión. Yo desconozco los detalles, y mi cometido se ciñe a hacer de intermediario entre usted y los "jefes", y facilitarle cualquier cosas que necesite, mientras está en Liberia.
- Ahora se cambiará. Este telefono tiene línea exclusiva conmigo. Es seguro. El otro, rojo, es un móvil abierto, para su comunicación con Gartee que lo acompañará durante el trabajo, o lo que necesite. Las llaves son de su piso en Monrovia. El billete es para regresar a casa, pase lo que pase en esa fecha. Es decir, tras el día del vuelo, no tendrá a nadie aquí que responda por usted, estará solo, y le aviso que Liberia no es un parque de atracciones.
Mientras escuchaba, me ponía un pantalón largo vaquero y una camiseta negra descolorida por el sol. Guardaba la pistola en la espalda debajo del cinturón y encendía un segundo Marlboro.
- Como se supone que he de establecer contacto con Ernesto Posadas?
- Cuando llegue a Monrovia, Gartee le llevará y le enseñara, donde tienen sus negocios los amigos de Ernesto. Y el mismo. No le digo nada nuevo, pero cuidado, el Sr. Posadas no es un narcotraficante en Liberia, si no un importador de productos tecnológicos, muy bien considerado por gobierno y la población en general.
- Ok, llevo dos años estudiando esta ruta, se lo que he de buscar, y donde es mejor no escarbar. Ernesto es un viejo conocido de otros trabajos en sudamérica. El no sabe quien soy, pero conoce la existencia de investigaciones contra el. Y de varios infiltrados en su "compañía"..... todos muertos de manera nada delicada.
- Bien, Gartee le dará un sobre con dinero para los primeros días. Luego recurra a las tarjetas. Espero que todo le vaya bien. A todos los efectos yo no existo, trabajo como consejero del ministro de relaciones exteriores, y nadie sospecha de mi. Tenemos más infraestructura en el país, ya le informará Gartee cuando sea preciso.
Un apretón de manos, es el final de nuestro encuentro. Gartee me comenta que haga lo que tenga que hacer con el portátil, que será la última vez que dispondremos de conexión segura en dos días. Se va con Clay.
Solo ya en la habitación, me acerco a las grandes ventanas. Veo salir el coche, e inmediatamente detrás el coche grande negro que aparcó en la esquina a su llegada, le sigue.
Aguardo a Gartee comprobando en el ordenador, que mi propia vía de escape, sigue siendo viable. En mi trabajo, fiarse de alguien que te paga, no siempre es seguro.
Un Compañero con el que trabajé en Sierra Leona, me brinda apoyo. Si no jamás hubiera aceptado sumergirme en este remolino de basura en el que estoy a punto de entrar.
El aire acondicionado, sopla agradablemente. Sin el esta media hora hubiera sido insufrible.
viernes 17 de diciembre de 2010
IV. Gartee Tubman. Africa
Si sigo dando vueltas levantaré sospechas, si no lo he hecho ya.
La mayoría de puestos del mercado son de tallas de madera, aunque también hay puertas, y muebles de una calidad excepcional. La fruta y el pescado son los otros dos artículos más expuestos. Frutas extrañas de vivos colores y formas exóticas, y pescados brillantes de grandes ojos. Pulpo ha sido lo que más me ha llamado la atención encontrar. Habrá que montar un toldo y traer ribeiro.
Es la una de la tarde, y tras una moto aparcada en medio de un puesto de ropa, veo a un hombre que cumple los requisitos establecidos en mi plan. Creo que ya me ha visto. Ahora comienza una persecución pactada, en la que atravesaremos un gran plaza con mesas y sombrillas, entrará en una tienda a comprar carne y cogerá un taxi al lado de un puesto de la Cruz Roja. Yo deberé coger otro taxi e indicarle que me lleve al número 3 de Sincor street.
Gartee Tubman, que así se llama mi contacto, realiza el trayecto de forma impecable. No se gira ni una sola vez a ver si me pierdo en los dos kilómetros aproximados que dura la caminata.
Monto en un taxi amarillo, que se precipita por una calle estrecha y llena de cajas de madera. Salimos por fin a una gran avenida, donde el tráfico, las tiendas y la gente que pasea por las aceras, me hace recordar a cualquier ciudad de Sudáfrica. Blancos de shopping, en terrazas acristaladas con aire acondicionado. Negros trajeados, impecables de pies a cabeza.
Circulamos unos dos minutos por esta avenida, hasta llegar a un gran edificio de oficinas, en una esquina. Me bajo, y busco a Gartee. No lo veo. Tampoco veo más taxis, ni placa ninguna en el edificio. No hay gente en esta parte de la calle, ni tiendas. Tan solo edificios de unas seis plantas, todos con garaje y sin puertas al exterior.
Enciendo el último de los cigarros que me quedan, a partir de ahora, me paso al tabaco africano. Y paseo mirando las puertas de los garajes, todas cerradas.
del otro lado de la calle, un portón se abre. Gartee sale y me indica con la palma que entre.
Tras sacarme la mochila, me introduce en un ascensor que nos lleva al cuarto piso. Ni una palabra. Mientras andamos por un largo pasillo, con una luz cegadora y sin ventanas, comenta con voz grave, si el viaje tuvo alguna incidencia, y me pregunta el motivo de mi tardanza.
- Oye, esto es Africa. Vengo desde hace tres días en un camión, vadeando rios, cruzando fronteras y compartiendo cama con un borracho maloliente. Casi sin comer, muerto de calor, y sin una ducha a tiro. Si me retrasé, creeme que no fue por alargar mi "safari fotográfico"... - le suelto sin andar y mirándolo a los ojos.
- Bien, no te preocupes, ahora tendrás un día entero para descansar. Antes hablaremos con Clay. El te pondrá al día.
Entramos en una sala vacía. Tan solo una mesa, una silla y un portátil apagado la decoran.
- Si quieres te puedes conectar. Tienes línea de Internet segura a tu disposición. Simplemente cumple las normas y no comprometas la misión. Enseguida llegará Clay.
Gartee se marcha por otra puerta de la sala.
Me siento y me dispongo a comunicarle a mi mujer, que todo está en orden. Sigo respirando y echándola de menos.
Me levanto y me acerco a una ventana. Oscura. Da a la calle por donde llegué. Un coche grande, negro y de cristales tintados, aparca en la esquina de enfrente. Mientras, otro vehículo claro, entra en el garaje del edificio en el que me encuentro.
Me estiro cansado, noto tensión en la nuca y un dolor de espalda fruto del poco descanso adecuado en los últimos días.
Me siento. Me doy cuenta que ahora mismo, soy un tipo cualquiera, sin papeles de ningún tipo, sin dinero y sin nada más que lo que lleva puesto, en un país africano lleno de corrupción a todos los niveles. Todo está en mi pequeña mochila. Me siento desnudo, y cualquier revés que suceda en estos momentos, requeriría de medidas excepcionales para afrontarlo con garantías. Todo lo que se, y lo que he aprendido en el último mes, sería vital para sobrevivir en estas condiciones y poder, por lo menos, regresar sano y salvo.
Se oye el ascensor. Y Pasos de dos personas al menos por el pasillo. Los muslos tensos me hacen sudar, me pongo en pie.
La mayoría de puestos del mercado son de tallas de madera, aunque también hay puertas, y muebles de una calidad excepcional. La fruta y el pescado son los otros dos artículos más expuestos. Frutas extrañas de vivos colores y formas exóticas, y pescados brillantes de grandes ojos. Pulpo ha sido lo que más me ha llamado la atención encontrar. Habrá que montar un toldo y traer ribeiro.
Es la una de la tarde, y tras una moto aparcada en medio de un puesto de ropa, veo a un hombre que cumple los requisitos establecidos en mi plan. Creo que ya me ha visto. Ahora comienza una persecución pactada, en la que atravesaremos un gran plaza con mesas y sombrillas, entrará en una tienda a comprar carne y cogerá un taxi al lado de un puesto de la Cruz Roja. Yo deberé coger otro taxi e indicarle que me lleve al número 3 de Sincor street.
Gartee Tubman, que así se llama mi contacto, realiza el trayecto de forma impecable. No se gira ni una sola vez a ver si me pierdo en los dos kilómetros aproximados que dura la caminata.
Monto en un taxi amarillo, que se precipita por una calle estrecha y llena de cajas de madera. Salimos por fin a una gran avenida, donde el tráfico, las tiendas y la gente que pasea por las aceras, me hace recordar a cualquier ciudad de Sudáfrica. Blancos de shopping, en terrazas acristaladas con aire acondicionado. Negros trajeados, impecables de pies a cabeza.
Circulamos unos dos minutos por esta avenida, hasta llegar a un gran edificio de oficinas, en una esquina. Me bajo, y busco a Gartee. No lo veo. Tampoco veo más taxis, ni placa ninguna en el edificio. No hay gente en esta parte de la calle, ni tiendas. Tan solo edificios de unas seis plantas, todos con garaje y sin puertas al exterior.
Enciendo el último de los cigarros que me quedan, a partir de ahora, me paso al tabaco africano. Y paseo mirando las puertas de los garajes, todas cerradas.
del otro lado de la calle, un portón se abre. Gartee sale y me indica con la palma que entre.
Tras sacarme la mochila, me introduce en un ascensor que nos lleva al cuarto piso. Ni una palabra. Mientras andamos por un largo pasillo, con una luz cegadora y sin ventanas, comenta con voz grave, si el viaje tuvo alguna incidencia, y me pregunta el motivo de mi tardanza.
- Oye, esto es Africa. Vengo desde hace tres días en un camión, vadeando rios, cruzando fronteras y compartiendo cama con un borracho maloliente. Casi sin comer, muerto de calor, y sin una ducha a tiro. Si me retrasé, creeme que no fue por alargar mi "safari fotográfico"... - le suelto sin andar y mirándolo a los ojos.
- Bien, no te preocupes, ahora tendrás un día entero para descansar. Antes hablaremos con Clay. El te pondrá al día.
Entramos en una sala vacía. Tan solo una mesa, una silla y un portátil apagado la decoran.
- Si quieres te puedes conectar. Tienes línea de Internet segura a tu disposición. Simplemente cumple las normas y no comprometas la misión. Enseguida llegará Clay.
Gartee se marcha por otra puerta de la sala.
Me siento y me dispongo a comunicarle a mi mujer, que todo está en orden. Sigo respirando y echándola de menos.
Me levanto y me acerco a una ventana. Oscura. Da a la calle por donde llegué. Un coche grande, negro y de cristales tintados, aparca en la esquina de enfrente. Mientras, otro vehículo claro, entra en el garaje del edificio en el que me encuentro.
Me estiro cansado, noto tensión en la nuca y un dolor de espalda fruto del poco descanso adecuado en los últimos días.
Me siento. Me doy cuenta que ahora mismo, soy un tipo cualquiera, sin papeles de ningún tipo, sin dinero y sin nada más que lo que lleva puesto, en un país africano lleno de corrupción a todos los niveles. Todo está en mi pequeña mochila. Me siento desnudo, y cualquier revés que suceda en estos momentos, requeriría de medidas excepcionales para afrontarlo con garantías. Todo lo que se, y lo que he aprendido en el último mes, sería vital para sobrevivir en estas condiciones y poder, por lo menos, regresar sano y salvo.
Se oye el ascensor. Y Pasos de dos personas al menos por el pasillo. Los muslos tensos me hacen sudar, me pongo en pie.
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