martes, 5 de marzo de 2013

La Igualdad Deseada


Le llegaba al suelo. Todo lo que podía hacer para sentirse más cómodo, era recogerla en una bolsa de tela, y escabullirla entre el pantalón y ambos bolsillos.
Salir de casa era como una venganza urdida por el más bellaco de los malvados, y las erecciones espontáneas, una tortura enloquecedora.
Había vivido así 37 años ya, en la más absoluta "omerta" sobre el tema. Vivir en el interior le ayudó a huir de la playa. Y una salud de hierro, le permitió no acudir a un médico por nada importante.
La vida se le estaba haciendo demasiado larga, también. Una solución que no llegaba, le devolvería la ilusión y las ganas de vivir.

Tremenda oquedad le resultaba extraña. Nunca se había sentido bien con el vacío íntimo que la dominaba.
Era un hueco sin fondo, oscuro e interminable. Había intentado averiguar sus proporciones ella sola, pero nunca tope encontró en aquel lugar.
Eran horribles aquellos cuatro días al mes en que era más mujer que nunca. Y los remedios habituales tenía que suplirlos por un almohadón o simplemente, encerrarse en casa hasta que el desbordamiento dejara de crear olas de fluidos internos.
Aquella gruta lúgubre, siempre caliente y húmeda, poseía clima propio, y las dos voluptuosas cordilleras que la circundaban a cada lado en el exterior, finalizaban en una enorme zona de ocio. Abultada y desafiante, insensible a cualquier fricción o presión, que se pudiera ejercer de manera natural.

Un día, Eva y Gabriel se encontraron. La erección de el fue tan descomunal, que las costuras del vaquero saltaron hiriendo a dos viandantes. Y el flujo de ella, hizo resbalar a otros tantos, y colapsó una alcantarilla cercana.
La gente se apartaba, los bomberos aparecieron asustados ante tamaña visión. Era un coloso al aire, un extremo inalcanzable duro y dispuesto a percutir en aquel vacío, aquella nada, que devolvía el sonido de la sirena del camión en forma de eco amplificado. Aquel receptor natural convertido en emisor sónico, que ella dejaba ver ante la imposibilidad de su falda de mantenerse apretada a sus caderas.
El acto fue convulso. Primitivo. Rápido. Primerizo. Y acabó en una desbordante lluvia, que chorreó los edificios, la estatua del marqués del centro de la plaza y una gaviotas que pasaban inocentes. Todo acabó igual que empezó: de repente. Pero para Eva y Gabriel, algo comenzaba en ese momento. Un nuevo futuro. Una esperanza. Y aún habrían de enfrentarse a los problemas que toda pareja encuentra a lo largo de su historia, pero ellos no lo sabían. Y no les importaba. En cuestión de minutos, lo que duró su intima invasión, se sintieron unos más en el mundo. Como los demás. Algo que siempre debió de ser así, pero que no lo había sido.
Desnudos, el arrastrando el infinito ariete, y ella abierta cual espeto. Una pierna por una acera, y la otra por la de enfrente...... marcharon de la mano.
Alguien dice que en la luna aquella mañana, la NASA descubrió un pequeño cráter rebosante de un líquido blanco, denso y tibio. Los científicos no daban crédito, pero todos los indicios apuntaban a que era semen, esperma, simiente. Nunca una expedición averiguó de que se trataba aquello. Llegaron tarde. Ya la Luna Catalina, que es mujer, había drenado aquel líquido a sus adentros, sin dejar ni una gota como muestra.
Nunca vemos la cara oculta, pero aquella mañana, debió de ser iridiscente, por primera y última vez.

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