El desastre aparece con el paso del tiempo. Este mismo, es el desastre supremo.
Darse cuenta a tiempo, convierte el tránsito en algo más agradable, pero no elimina en absoluto el colapso final.
martes, 14 de mayo de 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Un Amigo
...casi sin tiempo, como siempre, azuzado por los compromisos, J.A. recogió sus enseres y se encaminó a un nuevo emplazamiento.
Esta vez, ya que no era la primera y había aprendido de errores anteriores, se llevó consigo lo que no se ve, lo que no se toca, sus pensamientos más íntimos, sus ideas y todo aquello que le confiere esa personalidad abrupta y sin recelos.
Allí dejó, tan solo tiempo. Que ya es mucho dejar.
J.A. sentado y pausado, enmarcó el momento, pero no se apresuró a disparar, sabedor de que el instante nunca es buscado si no encontrado súbitamente y tratando de no pestañear.
Sin darse cuenta llegó, y en el tiempo que transcurre entre que el dedo aprieta el disparador, y el obturador comienza a moverse, su cerebro le brindo el tiempo necesario para repasar los últimos siete años de su vida. De regalo, su cabeza empezó a recordar...... el lugar elegido para pasar la vida, la compañía elegida y recíprocamente correspondida, las decisiones de mantenerse fiel a sus principios y abandonar aquel grupo de locos engreídos a tiempo, los descansos, los momentos de pasear al trote por los acantilados escuchando bestias pardas por las silveras y sin creerse ni un ápice de la "paranormalidad" fanática de los crédulos. Los sinsabores y las satisfacciones de ser diseñador y obrero a la vez de su propia morada, y la grandeza de la humildad y la generosidad. Y ese sabor de hierbas líquidas que le genera tantos periquetes cómplices y no menos partícipes compañeros de ratos dulzones y evocadores...
Todo parecía eterno, pero un click sonó y devolvió a J.A. a la realidad. En la pantalla su hija mayor y el enano de sus ojos. Se quedó contemplando sus caras, y detrás la puesta de sol se revelaba sincera por fin.
Con ellos pululando alrededor, nada acaba, ningún día es finito, y el tránsito final cobra sentido.
Que sus dedos sigan apretando ese botón amenudo, y mezclando sabiamente las cañas con las hierbas. Que sus ojos vean todo lo bueno y sus palabras nos acompañen en las largas veladas estivales, donde sus hijos y el mio se hacen más conductores que pasajeros, aunque nosotros siempre los veremos en el asiento de atrás, y nos creeremos sus guías y maestros......sin ser más que faros que se alejan por momentos.
J.A. recupera el tiempo perdido, la vida fue y no será. El zumo es producto de la presión con que se apriete el fruto, y nuestro deber es dejarlo seco.
J.A. envejecerá con nosotros, sin querer...
Esta vez, ya que no era la primera y había aprendido de errores anteriores, se llevó consigo lo que no se ve, lo que no se toca, sus pensamientos más íntimos, sus ideas y todo aquello que le confiere esa personalidad abrupta y sin recelos.
Allí dejó, tan solo tiempo. Que ya es mucho dejar.
J.A. sentado y pausado, enmarcó el momento, pero no se apresuró a disparar, sabedor de que el instante nunca es buscado si no encontrado súbitamente y tratando de no pestañear.
Sin darse cuenta llegó, y en el tiempo que transcurre entre que el dedo aprieta el disparador, y el obturador comienza a moverse, su cerebro le brindo el tiempo necesario para repasar los últimos siete años de su vida. De regalo, su cabeza empezó a recordar...... el lugar elegido para pasar la vida, la compañía elegida y recíprocamente correspondida, las decisiones de mantenerse fiel a sus principios y abandonar aquel grupo de locos engreídos a tiempo, los descansos, los momentos de pasear al trote por los acantilados escuchando bestias pardas por las silveras y sin creerse ni un ápice de la "paranormalidad" fanática de los crédulos. Los sinsabores y las satisfacciones de ser diseñador y obrero a la vez de su propia morada, y la grandeza de la humildad y la generosidad. Y ese sabor de hierbas líquidas que le genera tantos periquetes cómplices y no menos partícipes compañeros de ratos dulzones y evocadores...
Todo parecía eterno, pero un click sonó y devolvió a J.A. a la realidad. En la pantalla su hija mayor y el enano de sus ojos. Se quedó contemplando sus caras, y detrás la puesta de sol se revelaba sincera por fin.
Con ellos pululando alrededor, nada acaba, ningún día es finito, y el tránsito final cobra sentido.
Que sus dedos sigan apretando ese botón amenudo, y mezclando sabiamente las cañas con las hierbas. Que sus ojos vean todo lo bueno y sus palabras nos acompañen en las largas veladas estivales, donde sus hijos y el mio se hacen más conductores que pasajeros, aunque nosotros siempre los veremos en el asiento de atrás, y nos creeremos sus guías y maestros......sin ser más que faros que se alejan por momentos.
J.A. recupera el tiempo perdido, la vida fue y no será. El zumo es producto de la presión con que se apriete el fruto, y nuestro deber es dejarlo seco.
J.A. envejecerá con nosotros, sin querer...
Una Mañana
Que duda cabe que la mañana estaba resultando algo más que monótona. Demasiadas ganas de desaparecer y un sorpresivo ímpetu, desencadenaron los acontecimientos.
Salí de la eterna mazmorra donde se suponía que me ganaba el derecho a pertenecer al reino de los vivos y poseer un Golden Retriever y una chimenea, y me aventuré calle abajo.
Esta vez había elegido bajar en vez de subir hacia la parte de la ciudad por la que me movía habitualmente, y donde las luces y los escaparates daban brillo a unas calles abarrotadas y llenas de color.
Bajaba y lo hacía pausadamente, casi quieto, sin pensar ni por un momento si había un destino. Y a cada esquina que dejaba atrás, otras calles transversales oscuras y estrechas, aparecían como recién inventadas y puestas de repente por una mano precisa y de tentadoras intenciones. Giré.
Tomé una de aquellas callejuelas, y me sobrevino la oscuridad. Sentí mis pupilas dilatándose, y mi vista luchando por adaptarse rápidamente al repentino cambio de intensidad lumínica. Tras unos primeros pasos por un empedrado recio, de grandes bloques de granito, antiguos y usados, noté la falta de gente. Nadie me seguía y nadie me precedía. Nadie a mis costados, y ningún sonido en mis oídos. Al fondo, una tenue luz, me anunciaba la posible presencia de un lugar abierto, quizás una plaza.
A diferencia de la parte alta de la ciudad, aquí no había apenas sonidos, ni luces. Ninguna tienda que mostrara escaparate colorido y repleto de engañosos objetos que la gente solía desear, e incluso con los que llegaban a soñar y empeñar sus días. No había señales de tráfico. Ni coches. Las paredes estaban repletas de dibujos extraños. Como jeroglíficos. Letras que se me antojaban encriptadas. Trazos de spray, y ojos tristes. Manos vacías y rostros desencajados. Pero también pintadas, de cambio... una llamó mi atención. Una gran pradera verde, con una colina suave en el horizonte, y muchas personas de todos los aspectos y colores, bailando. Mientras un enorme edificio a un lado, se desparramaba destruido por la pradera...
Llegué a la luz, que en efecto era una plaza. Gente sentada, fumando. Tirada por la hierba de los pequeños jardines, hablando. Gente pintando las paredes. Gente rara para mi. Con extraños peinados, y exóticas ropas. Gente bailando en una esquina, tirándose por el suelo. Realizando imposibles filigranas al ritmo de una música repetitiva y un ritmo contagioso.
Habitaban aquel lugar gentes de todas las edades. Infinidad de personas y todas distintas. Algo que para alguien como yo, y viniendo de donde todos somos uniformados correctamente y de forma impersonal, era intrigante y cautivador.
Nadie reparó en mi presencia, excepto tu.
Te acercaste a mi, me tendiste una mano que yo rechacé al principio, pero que luego agarré embriagado por la sugestión que tu presencia ejercía sobre mi.
De larga melena hasta la cintura, vaquero apretado, roto y descolorido. De ojos dispersos y mejillas morenas por el sol de la calle. Con camisa de cuadros rojos, de hombre y un aroma a arena y mar, me sentaste en una escalera y me sacaste la corbata. Yo me dejaba hacer rodeado por un mundo nuevo, distinto y motivador.
Le diste un largo trago a una cerveza y me tendiste un pitillo encendido, descubriéndome por primera vez tu sonrisa. Sincera y desigual.
- Soy Silvia - dijiste.
- Y yo libre...........- me salió sin querer
Salí de la eterna mazmorra donde se suponía que me ganaba el derecho a pertenecer al reino de los vivos y poseer un Golden Retriever y una chimenea, y me aventuré calle abajo.
Esta vez había elegido bajar en vez de subir hacia la parte de la ciudad por la que me movía habitualmente, y donde las luces y los escaparates daban brillo a unas calles abarrotadas y llenas de color.
Bajaba y lo hacía pausadamente, casi quieto, sin pensar ni por un momento si había un destino. Y a cada esquina que dejaba atrás, otras calles transversales oscuras y estrechas, aparecían como recién inventadas y puestas de repente por una mano precisa y de tentadoras intenciones. Giré.
Tomé una de aquellas callejuelas, y me sobrevino la oscuridad. Sentí mis pupilas dilatándose, y mi vista luchando por adaptarse rápidamente al repentino cambio de intensidad lumínica. Tras unos primeros pasos por un empedrado recio, de grandes bloques de granito, antiguos y usados, noté la falta de gente. Nadie me seguía y nadie me precedía. Nadie a mis costados, y ningún sonido en mis oídos. Al fondo, una tenue luz, me anunciaba la posible presencia de un lugar abierto, quizás una plaza.
A diferencia de la parte alta de la ciudad, aquí no había apenas sonidos, ni luces. Ninguna tienda que mostrara escaparate colorido y repleto de engañosos objetos que la gente solía desear, e incluso con los que llegaban a soñar y empeñar sus días. No había señales de tráfico. Ni coches. Las paredes estaban repletas de dibujos extraños. Como jeroglíficos. Letras que se me antojaban encriptadas. Trazos de spray, y ojos tristes. Manos vacías y rostros desencajados. Pero también pintadas, de cambio... una llamó mi atención. Una gran pradera verde, con una colina suave en el horizonte, y muchas personas de todos los aspectos y colores, bailando. Mientras un enorme edificio a un lado, se desparramaba destruido por la pradera...
Llegué a la luz, que en efecto era una plaza. Gente sentada, fumando. Tirada por la hierba de los pequeños jardines, hablando. Gente pintando las paredes. Gente rara para mi. Con extraños peinados, y exóticas ropas. Gente bailando en una esquina, tirándose por el suelo. Realizando imposibles filigranas al ritmo de una música repetitiva y un ritmo contagioso.
Habitaban aquel lugar gentes de todas las edades. Infinidad de personas y todas distintas. Algo que para alguien como yo, y viniendo de donde todos somos uniformados correctamente y de forma impersonal, era intrigante y cautivador.
Nadie reparó en mi presencia, excepto tu.
Te acercaste a mi, me tendiste una mano que yo rechacé al principio, pero que luego agarré embriagado por la sugestión que tu presencia ejercía sobre mi.
De larga melena hasta la cintura, vaquero apretado, roto y descolorido. De ojos dispersos y mejillas morenas por el sol de la calle. Con camisa de cuadros rojos, de hombre y un aroma a arena y mar, me sentaste en una escalera y me sacaste la corbata. Yo me dejaba hacer rodeado por un mundo nuevo, distinto y motivador.
Le diste un largo trago a una cerveza y me tendiste un pitillo encendido, descubriéndome por primera vez tu sonrisa. Sincera y desigual.
- Soy Silvia - dijiste.
- Y yo libre...........- me salió sin querer
Tururú
Allí arriba en la cima en la que habitas, faltan lágrimas. Aquí debajo de tu morada, sobran llantos. Y en tu nombre se cometen atroces banquetes de sangre y dolor.
Yo no te encuentro por ningún lado, aunque mil templos de oro te construyan, o rebusque en mi interior, hasta que cientos de mis entrañas se mezclen con mis sesos. Pero si eres y existes, si sientes y ves, si oyes y estás... haz algo ya, o desaparece de su inconsciencia para siempre, valiente fantasma cósmico.
Yo no te encuentro por ningún lado, aunque mil templos de oro te construyan, o rebusque en mi interior, hasta que cientos de mis entrañas se mezclen con mis sesos. Pero si eres y existes, si sientes y ves, si oyes y estás... haz algo ya, o desaparece de su inconsciencia para siempre, valiente fantasma cósmico.
viernes, 19 de abril de 2013
Lo Nuestro Fue Jugar
Aquella humedad se metía entre la ropa, traspasaba la piel y la carne, y se alojaba en los huesos, haciéndome sentir como un habitante más de los perpetuos inquilinos de aquel cementerio. Los sonidos de la noche silenciosa abrían visiones imposibles entre la oscuridad, y la niebla que se posaba en el cesped frío, tan solo se movía tras mis pisadas cautelosas.
Recuerdo que era martes. Una lluvia densa había caído durante todo el día, y los olores de madera mojada y piedra húmeda llegaban a mi cerebro junto al dulce sabor del licor de hierbas que llenaba la botella que me iba acercando a la boca de vez en cuando.
Miraba alrededor intentando descubrir donde estaba mi destino, pero todo lo que me rodeaba estaba difuminado y me parecía igual. Entonces, un olor cercano a flores frescas, me hizo pararme ante una de las losas que sorteaba en mi deambular paranóico.
Leí tu nombre en ella, y bebí un largo trago antes de sentarme a su lado.
Descubrí que la hierba en las inmediaciones estaba pisada. Signo de que a tu entierro, habían acudido un montón de personas socialmente consideradas.
Yo nunca fui hombre de actos sociales obligados, y aquella tarde, paseé largamente por la playa que nos había unido como Amigos, y nos había enseñado como disfrutar de lo bueno de la vida, que nunca era suficiente para nosotros.
Otro trago y olor a mar... me traicionaba el subconsciente, y te veía montado en una de aquellas olas que tantas veces e incansablemente te acercaban a la orilla para que tu, de manera tozuda y pertinaz, te volvieras a alejar de ella sonriéndole a la puesta de Sol.
El licor iba mermando en la botella, y entre mis manos unas briznas de hierba caían sobre tu tumba.
Recordé las infinitas noches en que luchamos juntos por perpetuar la oscuridad y alargar las risas. Y los eternos días que se nos antojaban cortos e irrepetibles.
Te echaba de menos ya, y te acababas de ir. Tu. El primero de los amigos en desaparecer. En morir. Y quise llorar pero no pude. Y bebí... y ese último sorbo me supo amargo.
Nunca fue suficiente mientras lo tuvimos, y empalagados de vanidad perdimos el camino de la verdad única. Pero lo hicimos más tarde que los demás, y nos llamaban necios. Irresponsables. Vividores. Y qué más daba? si eramos felices, si eramos inocentes, si disfrutamos de nuestra juventud y la estiramos hasta la debacle final. Mientras ellos, se perdieron en los campos de algodón, entre los papeles de la corrección, entre el bien y el deber, entre el cielo y la tierra. Entre la rutina y la mentira.
Me alejé sin más. Sin despedidas ni miradas atrás. Pero tu también te vas. Vienes en mi, lejos de aquel lugar. Me acompañas en los bailes, y al remar. Cuando canto y cuando bebo. Y en los ojos de los demás, cuando nos juntamos, también te veo. Y sonríes cabrón, no debes de estar mal.
Nuestros fueron el viento y el mar, las canciones y la amistad. Nuestro fue el amor.
Y lo nuestro fue jugar.
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