jueves, 30 de enero de 2014
VAMOS AL AGUA
No resulta fácil olvidarse, verdad?
Durante veinticinco años le dimos vueltas a lo mismo cientos y cientos de veces. Aquello se convirtió en lo que hacíamos. No había nada más. Vientos, mareas, olas, olas, olas...
Eramos diferentes. Cafeteros y Amigos. Nos juntábamos para pasarlo bien y nunca aprendimos más que lo necesario. Y pese a eso, siempre había olas míticas y peripecias varias, que jamás saldrán de entre las demás cosas inútiles que rellenan nuestra cabeza.
Aquellos momentos siempre estarán ahí, pero en cambio ahora ya ni hablamos de ellos. Nos hemos mudado al interior chicos. Casarse, pagar impuestos y todas esas gilipolleces. Hemos echado "sobrebarrigas", porque barriga siempre hemos tenido. Guitarras, motos, hijos...... ahora ocupan el lugar de las tablas, pero deberían de coexistir. Requiere esfuerzos lo sé. Pero que pasa, antes no?
Me queréis decir que todo se acabó?
Me queréis hacer creer que no mantenéis ese sabor salado en la punta de la lengua?
Me queréis convencer de que nadie hace surf siempre?
Y que hacemos con todo aquello?
Que les diremos a nuestros hijos? Haremos como la banda de la fiesta en casa de Jack? - Luego, Bear, luego.
Pues no tíos, la pelea es ahora. Y ahora más que nunca. Tenemos tiempo, y lo sabéis. Tenemos las viejas tablas y los trajes roídos por los años. Algún invento queda y parafina. Tan sólo las ganas parecen desaparecidas. Aquellas que antiguamente parecían indestructibles.
Volver no puede tener nada malo. Pensadlo. Volver sólo traerá cosas positivas. Juntos de nuevo, poco a poco y un paso detrás de otro.
Que no nos venzan los mediocres, y nos miren como viejos locos con historias acabadas.
Pongámonos los trajes de neopreno de nuevo. Yo no pienso remontar solo otra vez. Por lo menos escribidme diciendo que lo vais a pensar. Yo lo sigo echando de menos, y a vosotros más.
Vamos a intentarlo, no?
Toma Goma Carallo!!
viernes, 24 de enero de 2014
BARRIOS
Tras una noche parda, me fui a casa siguiendo la ruta habitual.
Mi corazón latía bruscamente todavía, y las luces azules dejaban entrever un horizonte despejado al sur de la ciudad.
Me sentía bastante bien viendo como las sombras iban apareciendo por el suelo y las paredes.
Los pantalones sucios y a medio subir, la camisa desabrochada y el primer rayo de aquel sol despiadado me azotó el pecho, justo cuando parado enfrente de una tienda de objetos usados, encendía el primer cigarrillo del día, que coincidía con el último de la noche.
Me rasqué la cabeza amodorrado mientras comencé a caminar de nuevo. Portales abriéndose estrepitosamente y gritos en el interior de las casas bajas del vecindario. No era este un buen barrio, pero ya estaba hecho a sus calles y a sus leyes. Recuerdo los gatos.
Mi corazón latía bruscamente todavía, y las luces azules dejaban entrever un horizonte despejado al sur de la ciudad.
Me sentía bastante bien viendo como las sombras iban apareciendo por el suelo y las paredes.
Los pantalones sucios y a medio subir, la camisa desabrochada y el primer rayo de aquel sol despiadado me azotó el pecho, justo cuando parado enfrente de una tienda de objetos usados, encendía el primer cigarrillo del día, que coincidía con el último de la noche.
Me rasqué la cabeza amodorrado mientras comencé a caminar de nuevo. Portales abriéndose estrepitosamente y gritos en el interior de las casas bajas del vecindario. No era este un buen barrio, pero ya estaba hecho a sus calles y a sus leyes. Recuerdo los gatos.
Había pasado los edificios verdes, donde las chicas ofrecían sus labios en las azoteas a tipos hambrientos y desesperados. Follaban y chupaban bien, pero si no conocías los trámites era difícil que tu cartera te acompañara cuando, saciado, emprendías el camino de regreso a casa.
Veía delante de mi el largo camino que bordeaba el parque, donde todo se compraba y se vendía. Era una feria, un supermercado de lo ilegal.
Decidí parar con los chicos del bloque, no tenía prisa. Le di varios tragos a las litronas que me ofrecieron, y contacté para un posible encargo. Ellos me suministraban los detalles. Yo les ayudaba y a cambio me pasaban algo de pasta y la experiencia necesaria para no sucumbir en mi intento de sobrevivir escribiendo historias, en este lado de la ciudad. Estaba loco, decían siempre. Yo asentía mientras liaba un peta más, y me adentraba en aquel pozo urdiendo planes suicidas otra vez.
Mil veces vi el final, el límite. Siempre colocado, y sin asegurar los garbanzos para mañana no era buena forma de pasar los días. Pero cada vez me decía lo mismo: -Una más. Tan sola una historia más.
Doblando la antigua lavandería llegaba a mi casa. Antes de subir, una visita al viejo puesto de Juancho. Un café para llevar y un trozo de pan caliente con carne y cebolla. Una pequeña charla apoyado al portal con Aliana, la chica del primero. Demasiado joven para la mirada licuada que enamoraba a todo el que con ella se tropezaba, demasiado bonita para aquella calle, demasiado acostumbrada a dejarse probar. Pero pura en mis sueños, y en mis lisonjas mañaneras.
Me acurruqué en el sofá, con aliento amargo y un ligero dolor de cabeza empalagoso como el licor que me había bebido.
Una vez más mi viejo recuerdo me visitó antes de dormirme, y una vez más la alejé de mi descanso.
Ella no había entendido mis motivos, y se marchó. Tan lejos como pudo separarse de mi, así lo hizo. Nunca llegué a buscarla, y sé que estará bien. Y si no lo está, yo ya no puedo hacer nada. -Lo siento amor, el maná dejó de brotar de tu boca, y los otros brebajes a los que me invitas ya no me satisfacen. Bye Bye.- Y cerró la puerta.
Duermo ya, y el sol entra por las rendijas de la persiana convirtiendo la desordenada habitación en un enjambre de brillos y sombras. Entre ellas destaca la botella acabada, y el trozo último de pan caliente sobre la alfombra.
Decidí parar con los chicos del bloque, no tenía prisa. Le di varios tragos a las litronas que me ofrecieron, y contacté para un posible encargo. Ellos me suministraban los detalles. Yo les ayudaba y a cambio me pasaban algo de pasta y la experiencia necesaria para no sucumbir en mi intento de sobrevivir escribiendo historias, en este lado de la ciudad. Estaba loco, decían siempre. Yo asentía mientras liaba un peta más, y me adentraba en aquel pozo urdiendo planes suicidas otra vez.
Mil veces vi el final, el límite. Siempre colocado, y sin asegurar los garbanzos para mañana no era buena forma de pasar los días. Pero cada vez me decía lo mismo: -Una más. Tan sola una historia más.
Doblando la antigua lavandería llegaba a mi casa. Antes de subir, una visita al viejo puesto de Juancho. Un café para llevar y un trozo de pan caliente con carne y cebolla. Una pequeña charla apoyado al portal con Aliana, la chica del primero. Demasiado joven para la mirada licuada que enamoraba a todo el que con ella se tropezaba, demasiado bonita para aquella calle, demasiado acostumbrada a dejarse probar. Pero pura en mis sueños, y en mis lisonjas mañaneras.
Me acurruqué en el sofá, con aliento amargo y un ligero dolor de cabeza empalagoso como el licor que me había bebido.
Una vez más mi viejo recuerdo me visitó antes de dormirme, y una vez más la alejé de mi descanso.
Ella no había entendido mis motivos, y se marchó. Tan lejos como pudo separarse de mi, así lo hizo. Nunca llegué a buscarla, y sé que estará bien. Y si no lo está, yo ya no puedo hacer nada. -Lo siento amor, el maná dejó de brotar de tu boca, y los otros brebajes a los que me invitas ya no me satisfacen. Bye Bye.- Y cerró la puerta.
Duermo ya, y el sol entra por las rendijas de la persiana convirtiendo la desordenada habitación en un enjambre de brillos y sombras. Entre ellas destaca la botella acabada, y el trozo último de pan caliente sobre la alfombra.
miércoles, 22 de enero de 2014
EL VIEJO Y EL ARBOL
Y sin embargo me miraba.
Recorrí aquel camino durante los primeros catorce años de mi vida, y seguí observando el árbol con los mismos ojos.
Inmensos surcos lo recorrían de arriba a abajo. Ramas imponentes se retorcían y algunos nudos marcaban en su tronco la huella de los duros temporales del Norte.
Al salir de la oscura curva, y dando patadas a la tierra del sendero, lo veía por primera vez todos los días. Seguía su figura durante un sombrío trecho, y doblaba de nuevo la senda, para perderlo finalmente de vista en una pequeña elevación del terreno. Donde el Sol volvía a templar las tardes.
Hoy lo contemplé maravillado.
Tras varias décadas sin apenas transitar por el antiguo atajo que me llevaba a la pequeña playa del pueblo, donde jugábamos de niños y más tarde amábamos con la luna como vigía, hoy me detuve ante el.
Y por primera vez me di cuenta de su vital apariencia.
Durante años he recorrido diversas partes del planeta, trabajando a veces y divirtiéndome otras. Buscando momentos y sensaciones. Pero muchas veces al acostarme, el dibujo del viejo castaño invadía mis recuerdos. Y detrás de el, el pueblo y sus gentes. Aquellos años fueron los que marcaron el devenir de mi historia, y me dieron el lastre suficiente para no naufragar en los terribles mares que he tenido que surcar durante mis días.
Inconsciente del paso del tiempo hasta hoy. Hasta que este viejo monumento natural me miró a mi. Y no fue de reojo, fue una larga mirada cómplice mientras pasaba. Retorciéndose y crujiendo a mi paso, me escudriñó curioso. Yo paré. Y lo señalé con el bastón: - Te he visto bribón! y por si no bastara he escuchado tus viejos huesos mientras torcías ese usado tronco que te mantiene erguido.
Se quedó inmóvil, pero algo en mi interior me hizo sentir su mirada clavada en los surcos que recorren mi cara de arriba a abajo. Mis maltrechas extremidades, y mi bastón. Confidente fiel de los golpes de mar que da la vida.
Y entonces sucedió. En silencio y lentamente volvió a su posición ancestral, y reposó.
Yo seguí caminando, intentando dar explicación coherente a tan grande enigma. Pero nunca fui capaz.
Jamás se lo conté a nadie, y ninguna otra persona me avisó a mi de otras experiencias similares.
Y sin embargo, y lo recuerdo bien, me miraba!!
Recorrí aquel camino durante los primeros catorce años de mi vida, y seguí observando el árbol con los mismos ojos.
Inmensos surcos lo recorrían de arriba a abajo. Ramas imponentes se retorcían y algunos nudos marcaban en su tronco la huella de los duros temporales del Norte.
Al salir de la oscura curva, y dando patadas a la tierra del sendero, lo veía por primera vez todos los días. Seguía su figura durante un sombrío trecho, y doblaba de nuevo la senda, para perderlo finalmente de vista en una pequeña elevación del terreno. Donde el Sol volvía a templar las tardes.
Hoy lo contemplé maravillado.
Tras varias décadas sin apenas transitar por el antiguo atajo que me llevaba a la pequeña playa del pueblo, donde jugábamos de niños y más tarde amábamos con la luna como vigía, hoy me detuve ante el.
Y por primera vez me di cuenta de su vital apariencia.
Durante años he recorrido diversas partes del planeta, trabajando a veces y divirtiéndome otras. Buscando momentos y sensaciones. Pero muchas veces al acostarme, el dibujo del viejo castaño invadía mis recuerdos. Y detrás de el, el pueblo y sus gentes. Aquellos años fueron los que marcaron el devenir de mi historia, y me dieron el lastre suficiente para no naufragar en los terribles mares que he tenido que surcar durante mis días.
Inconsciente del paso del tiempo hasta hoy. Hasta que este viejo monumento natural me miró a mi. Y no fue de reojo, fue una larga mirada cómplice mientras pasaba. Retorciéndose y crujiendo a mi paso, me escudriñó curioso. Yo paré. Y lo señalé con el bastón: - Te he visto bribón! y por si no bastara he escuchado tus viejos huesos mientras torcías ese usado tronco que te mantiene erguido.
Se quedó inmóvil, pero algo en mi interior me hizo sentir su mirada clavada en los surcos que recorren mi cara de arriba a abajo. Mis maltrechas extremidades, y mi bastón. Confidente fiel de los golpes de mar que da la vida.
Y entonces sucedió. En silencio y lentamente volvió a su posición ancestral, y reposó.
Yo seguí caminando, intentando dar explicación coherente a tan grande enigma. Pero nunca fui capaz.
Jamás se lo conté a nadie, y ninguna otra persona me avisó a mi de otras experiencias similares.
Y sin embargo, y lo recuerdo bien, me miraba!!
martes, 21 de enero de 2014
Y MI LLAMA TE QUEMÓ
Y entre las hojas amarillentas te colaste como un relámpago rompe la visión, brillante y fugaz. Una luz caliente y peligrosa. Y me provocaste sed y sudor frío. Y volé a tu lado como una brizna, flotando en la estela que creaba tu paso en el aire. Y así me impregné de tu olor, y te poseí entre las nubes, suavemente. Y te dominé en las montañas, sobre los valles, mientras los campesinos sonrojados miraban nuestro pasar. Y llegué a someter tu vuelo a mi gobierno. Tu rumbo al mío. Y gocé subido a ti, y te guié hacia el desierto más severo, y te dejé beberme. Y sobre las nieves perpetuas te convertí en hoguera, y mi llama te quemó, y tiznados los dos volvimos a los cirros a descansar. Y vimos la ciudad y sus plazas. Sus gentes y el bullicio, y hacia el volamos para revolcarnos entre el tráfico de nuevo, mientras los peatones voceaban trastornados a nuestro paso. Y en la estatua más alta culminamos nuestra provocativa escena, entre sirenas y bocinas, y gritos de censura.
Y planeando estasiados llegamos al río aquel. Tu y yo, y el amor... y las truchas saltaban, y los sauces acariciaban tu piel fecunda y febril. Y todo parecía estar llegando a su fin, cuando entre convulsiones nos vimos en la playa. Y saboreamos las orillas varias veces. Hasta que el dolor y el placer se hicieron uno sólo. Y deslizándonos entre las olas, alcanzamos el acantilado. Y nos posamos. Y radiante y bella a la luz de poniente, descansaste inmóvil. Y aquel movimiento que nos unía desapareció, y me resbalé. Entre tus hombros, por tu cintura, hasta el final de tus piernas, me resbalé. Y desde el suelo, yo el todopoderoso timonél que creía haber sido, me descubrí insignificante. Yo que me las tenía de trampero, fui trofeo.
Y despojado de la honra, te vi marchar.
Volví al antiguo libro. Entre páginas estaba mi lugar. Hoy la 36, mañana la 53, cumplía mi misión. Y entre lectura y lectura, posado en la mesa del jardín, observaba las alondras recordando aquel trasiego. Aquel ir y venir ligero entre tus plumas de abril.
Mas nunca volviste villana. Te imagino casquivana con cualquier ticket, recibo o post-it.
Y planeando estasiados llegamos al río aquel. Tu y yo, y el amor... y las truchas saltaban, y los sauces acariciaban tu piel fecunda y febril. Y todo parecía estar llegando a su fin, cuando entre convulsiones nos vimos en la playa. Y saboreamos las orillas varias veces. Hasta que el dolor y el placer se hicieron uno sólo. Y deslizándonos entre las olas, alcanzamos el acantilado. Y nos posamos. Y radiante y bella a la luz de poniente, descansaste inmóvil. Y aquel movimiento que nos unía desapareció, y me resbalé. Entre tus hombros, por tu cintura, hasta el final de tus piernas, me resbalé. Y desde el suelo, yo el todopoderoso timonél que creía haber sido, me descubrí insignificante. Yo que me las tenía de trampero, fui trofeo.
Y despojado de la honra, te vi marchar.
Volví al antiguo libro. Entre páginas estaba mi lugar. Hoy la 36, mañana la 53, cumplía mi misión. Y entre lectura y lectura, posado en la mesa del jardín, observaba las alondras recordando aquel trasiego. Aquel ir y venir ligero entre tus plumas de abril.
Mas nunca volviste villana. Te imagino casquivana con cualquier ticket, recibo o post-it.
sábado, 18 de enero de 2014
UNA HISTORIA DE SURF I
Groselandia vivía permanentemente bajo una ligera niebla, que la mantenía a salvo de miradas codiciosas.
La isla y sus habitantes permanecían anclados a otra época. Una, en la que todo lo que se deseaba era disfrutar del tiempo concedido hasta el próximo amanecer.
Ellos la llamaban Turlulu.
El ocaso se distinguían del alba, por el sonido. Dado que el Sol dormía y se despertaba en el mismo punto, los cantos de un ave en especial, hacían reconocer a los pocos habitantes de la isla, que el día estaba a punto de comenzar. Ese ave era el Turlulu.
Un pájaro único, que volaba bajo entre las chozas, que se posaba en los hombros de la gente y que vivía en pequeñas comunas, donde compartía con sus congéneres, alimentos y bailes, puso nombre a nuestra isla. Pero si había algo que distinguía al Turlulu del resto de los animales de aquel paraíso, no era otra cosa mas que sonreír. Y en contadas ocasiones, había quien aseguraba haberlo escuchado reírse a carcajadas.
En una isla pequeña, con un clima templado magnífico, un suelo fértil, cientos de árboles con excelentes frutos y un mar repleto de pescado, ¿que podían hacer sus vecinos además de las mínimas tareas imprescindibles para subsistir? Fiestas.
Innumerables fiestas al calor del fuego de una hoguera resplandeciente entre la playa y el poblado. Música primitiva y bailes acompasados marcaban las noches de Turlulu, como las mareas perfilaban la línea entre la tierra y el mar. Monótonas y cadenciosas. Alguna vez se juntaba la celebración de una noche con la siguiente, ese era el grado de preocupación que poseían, o mejor dicho gozaban, los lugareños.
En Turlulu, todo era calma, excepto cuando el mar llenaba su superficie de olas, y aquella playa hervía con una multitud de personas que, con un trozo del árbol autóctono llamado Surboa, corrían hacia las olas de manera inhumana. En total eran doce.
La playa, que ellos llamaban Alibú, era una pequeña ensenada de unos doscientos metros, con un pequeño cabo a la derecha y una lengua enorme de arena a la izquierda que se adentraba en el mar varios cientos de metros en marea baja, pero que se ocultaba con la pleamar.
La consecuencia de esta esplendida geografía, era inmejorable. Los nativos, entraban al mar por el centro de la playa y nadaban encima de sus Surboas hasta que giraban hacia el pequeño cabo, donde rompían unas perfectas olas que ellos montaban hacia la ensenada. Recuerdo verlos sonreír, cuando encima de aquellas maderas surcaban larguísimos rizos de agua, y se metían en su interior para salir luego haciendo poses y llegando a la orilla triunfantes. A esta ola la llamaban como a la playa, Alibú. ¿O era al revés? llamaban a la playa como denominaban a la ola? Bueno, viene siendo lo mismo.
Al cabo de unas horas, el mar cubría en el otro extremo de Alibú, la extensa lengua de arena, y algunos otros "oladores" que así se hacían llamar los que jugaban con el oleaje, corrían para surcar aquellas nuevas olas que aparecían con la marea llena. A mi me llamaba la atención que estás eran al contrario que las otras, como su espejo. Es decir, eran idénticas pero rompían hacia el lado opuesto.
Nada de eso importaba, los "oladores" las disfrutaban de igual manera durante horas.
A esta nueva rompiente, ellos la llamaban, Zhicama.
La isla y sus habitantes permanecían anclados a otra época. Una, en la que todo lo que se deseaba era disfrutar del tiempo concedido hasta el próximo amanecer.
Ellos la llamaban Turlulu.
El ocaso se distinguían del alba, por el sonido. Dado que el Sol dormía y se despertaba en el mismo punto, los cantos de un ave en especial, hacían reconocer a los pocos habitantes de la isla, que el día estaba a punto de comenzar. Ese ave era el Turlulu.
Un pájaro único, que volaba bajo entre las chozas, que se posaba en los hombros de la gente y que vivía en pequeñas comunas, donde compartía con sus congéneres, alimentos y bailes, puso nombre a nuestra isla. Pero si había algo que distinguía al Turlulu del resto de los animales de aquel paraíso, no era otra cosa mas que sonreír. Y en contadas ocasiones, había quien aseguraba haberlo escuchado reírse a carcajadas.
En una isla pequeña, con un clima templado magnífico, un suelo fértil, cientos de árboles con excelentes frutos y un mar repleto de pescado, ¿que podían hacer sus vecinos además de las mínimas tareas imprescindibles para subsistir? Fiestas.
Innumerables fiestas al calor del fuego de una hoguera resplandeciente entre la playa y el poblado. Música primitiva y bailes acompasados marcaban las noches de Turlulu, como las mareas perfilaban la línea entre la tierra y el mar. Monótonas y cadenciosas. Alguna vez se juntaba la celebración de una noche con la siguiente, ese era el grado de preocupación que poseían, o mejor dicho gozaban, los lugareños.
En Turlulu, todo era calma, excepto cuando el mar llenaba su superficie de olas, y aquella playa hervía con una multitud de personas que, con un trozo del árbol autóctono llamado Surboa, corrían hacia las olas de manera inhumana. En total eran doce.
La playa, que ellos llamaban Alibú, era una pequeña ensenada de unos doscientos metros, con un pequeño cabo a la derecha y una lengua enorme de arena a la izquierda que se adentraba en el mar varios cientos de metros en marea baja, pero que se ocultaba con la pleamar.
La consecuencia de esta esplendida geografía, era inmejorable. Los nativos, entraban al mar por el centro de la playa y nadaban encima de sus Surboas hasta que giraban hacia el pequeño cabo, donde rompían unas perfectas olas que ellos montaban hacia la ensenada. Recuerdo verlos sonreír, cuando encima de aquellas maderas surcaban larguísimos rizos de agua, y se metían en su interior para salir luego haciendo poses y llegando a la orilla triunfantes. A esta ola la llamaban como a la playa, Alibú. ¿O era al revés? llamaban a la playa como denominaban a la ola? Bueno, viene siendo lo mismo.
Al cabo de unas horas, el mar cubría en el otro extremo de Alibú, la extensa lengua de arena, y algunos otros "oladores" que así se hacían llamar los que jugaban con el oleaje, corrían para surcar aquellas nuevas olas que aparecían con la marea llena. A mi me llamaba la atención que estás eran al contrario que las otras, como su espejo. Es decir, eran idénticas pero rompían hacia el lado opuesto.
Nada de eso importaba, los "oladores" las disfrutaban de igual manera durante horas.
A esta nueva rompiente, ellos la llamaban, Zhicama.
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