domingo, 24 de noviembre de 2013

Bzzzzzzzz Bzzzzzz

El abejorra, porque con esos colores muy abejorro no era, llegó junto al hipopótamo que placidamente descansaba en el agua, que era donde más le gustaba ver la vida pasar. Y se posó en su lomo.
Parecía agradable relamiendo el dulce néctar que el mismo anteriormente había libado. Tras una amistosa charla con el hipopótamo se descubrió su estrategia. Que no era otra que pasar por encima de la chepa del mamífero acuático y acercarse a sus amigos hipopótamos, para llegar al otro lado del lago. Ningún problema hubiera surgido si no fuera porque  el abejorra venía acompañado de una garrapata. Que parasitando y chupando la sangre, fue infectando a toda la manada. Hasta que Cláudio, un "hipo" de las altas tierras del volcán, que eran más listos y avezados en cuestiones de malos bichos, se apartó justo cuando el abejorro y su molesto parásito saltaban hacia el.
El resultado fue una caída lastimosa al agua, donde terminaron por ahogarse. Es bien sabido que los abejorros no pueden nadar.
MORALEJA: Si eres abejorro, ten en cuenta que no puedes nadar, y bordea el lago.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Don Diablo

Esta noche el diablo ha entrado en mi cabeza. En cuanto me ha visto allí dentro, ha salido por el oído derecho "a fume de carozo", que decimos en mi país.
Y es que, dentro de ese círculo deforme al que llamamos cabeza, es donde habita todo. Así, ese pobre fantasma ha dejado un olor a azufre nauseabundo, pero al ser un ser imaginario y encontrarse con su verdadero hacedor, le han entrado unos temblores malsanos, y sin dudarlo se ha ido a buscar setas. Podría decirse que vio a dios. Y creedme que yo dios, visto por dentro debo de asustar todavía más que en mi deforme forma visible.
Al estar todo contenido en nuestra masa cerebral, es sencillo ser dios, sin comprometer mucho la integridad del bien ajeno. Y teniendo en cuenta que los ajenos, cada uno de ellos son dioses también en su interior, se demuestra la multideidad de la humanidad. Eso sí, en un estado íntimo, hondo, personal y entrañable.
Llegado a este punto, cada divinidad tiene su propio código. Tiene establecido que está bien y que está mal. Cuando algo está bien, y cuando está mal y es divertido. Incluso quien es bueno y quien es un enorme cabrón con intereses ocultos.
Así sea entonces! Existen infinidad de mandamientos, reglas, códigos y preceptos distintos. Y la pregunta es, como karallo vas a convertirte en un santo, o puro inocente ser para todos los demás individuos? Pues es imposible. Todos somos pecadores, infieles y culpables para unos u otros. Cuanto antes lo descubráis mejor. No se puede ser un bienaventurado a ojos de todos esos dioses. Intentarlo es, para mi, una grosería. O más bien, hablando del tema que hoy nos ocupa, una blasfemia.
Existen quienes creyéndose hacerse a un lado siempre, intentan comulgar con todos. Pero al final, eso es escoger también, y arderán en algún fuego eterno por su intento fariseo de santidad universal.
Y aquellos que siendo fieles a su doctrina interior, actúan en consecuencia, son los ultrajados mártires supremos. Esos que asustan por su sinceridad y que se exhiben en plaza pública, como aviso hipócrita de transgresión al bienestar común. Falso estatu quo en el que habitan los todopoderosos. Esos que son mayoría, y que como mayoría imponen una doctrina común consensuada de cara al exterior, pero que se revuelca lujuriosa con sus pensamientos privados más lúgubres y tenebrosos.
Así damos a luz y concebimos nuestro mundo real. El día a día que nos aplasta como una losa granítica, no es más que el resultado de una lucha interna entre el dios que creemos ser, y el diablo que intentamos enterrar entre el lóbulo frontal y el hipotálamo, con escaso éxito.

Un Cuento

Tener la posibilidad de escoger, es una riqueza y un seguro. Mantenla siempre!!
Ahora bien, tenerla no asegura una buena elección. Así que la posibilidad de cambio es, a todos los efectos, imprescindible.
Moraleja: Guarda los tickets.

sábado, 26 de octubre de 2013

Desayuno Con Amantes

- Leche?
- No gracias.
- Esta noche no me ha sentado del todo bien que no estuvieras esperándome.
Tras mascar importunado. - No pude, simplemente no pude.
- Seguí el camino sola, y no me fue todo lo mal que esperaba.
- Yo me alegro. De verdad. Me pasas el zumo.
- No digo que fuera mejor, simplemente fue algo distinto. Me divertía la experiencia de ir sola.
- Gracias. Claro, sé lo que es eso. Tu decides en todo momento, para ti.
- No digo que no estuviera bien permanecer juntos...pero constantemente decidíamos pensando en común, y no siempre hubiera tomado las mismas decisiones si fuera sola. Creo.
- Ya. Yo no es que esta noche no quisiera estar, bueno realmente no quería, para que nos vamos a engañar. Pero no fue premeditado, simplemente cerré los ojos y me fui a otro lado.
- Lo entiendo. Voy a coger otra tostada, quieres más?
- No, con dos me llega. Por cierto, lograste ver el final?
- No. Una vez más, en la mitad del camino, todo desapareció y surgió una nueva senda. Pero esta vez era distinta a cuando vamos juntos. Era otra.
- Era más bonita?
- No lo sé. Recordé lo andado juntos, y decidí despertar. Quizás pienses que no me atreví a explorarla... y seguramente tengas razón. Pero, no sé.......... es algo que atrae, no sin vértigo, pero atrae.
- Bueno, en este caso no se puede desandar los pasos dados. O quizás sí, nunca hemos probado.
- Seguramente sí se pueda, pero yo creo que nunca nada sería ya igual.
- Probablemente. Bueno, me voy a duchar que llego tarde.
- Sí, yo también me voy. Comemos hoy?
- Sí, estaría bien. Donde siempre a las dos?
- Vale. Dejo la cocina así, ya la recogeremos que me es hora.
- Ok. Oye una cosa, quizás esta noche, lleguemos por fin a ver el final.
- Sí. Aunque ya te digo que no me importa experimentar de nuevo, e intentar seguir el camino desconocido. Si tu no apareces.
- Vale, veremos como nos va al acostarnos. Pero si no coincidimos en el sueño, nos lo contamos desayunando, vale?
- Me gusta la idea. Recuerda la comida, y si no puedes ir llámame.
- Venga, un besazo guapa.
- Otro, abur.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sweet Home

Nunca podría volver a hacer aquello otra vez. Ni por crueles que fueran las circunstancias podría volver a recomponer aquel espantoso escenario de desolación. Aquello había sido el final.
Paula se prometió a si misma que tenía que dejar de ahogar a Pedro de aquella miserable manera. Su aprensión a las relaciones sociales, su falta de empatía con los demás y sus complejos de bicho raro, no podían afectar a su novio hasta el punto de la desesperación. El no tenía la culpa de su estado. Y siempre había intentado sacarla del hoyo, o por lo menos hacer que dejara de escarbar para hundirse más.
Al principio no era demasiado tortuoso. Aceptaba el mundo exterior, como un paréntesis al desarrollo de su vida perfecta, metida en casa. A resguardo.
Salía con Pedro y lo pasaba bien, era el principio de una aventura, se sentía cómoda y todo a su alrededor desaparecía cuando estaban juntos.
Poco a poco, se fue encerrando. Las miradas la lastimaban, las conversaciones la aburrían y es que todos ahí fuera, parecía que vivían una vida plena, de salidas y entradas, de risas y fiestas, de complicidades eternas.
Primero fueron las pastillas para dormir. Enganchada a la televisión se pasaba el día con tranquilizantes. Su alimentación sufrió un lastimero cambio hacia el desastre total, y raro era el día que comía algo fresco o natural. Comida en latas, en bolsas y precocinada era lo que la mantenía.
El tabaco, que nunca le había gustado, se convirtió en el fiel aliado, el compañero inseparable.
Hacía mucho tiempo que había dejado de salir con sus amigos. Los últimos años, se habían convertido en un continuo suplicio de críticas, y desvaríos varios, y ya nadie la soportaba.
Pedro sufría innumerables gritos y chantajes de todo tipo. No podía ver a nadie, todos eran malos. No podía tocarla, el rechazo a su propio cuerpo se había convertido en un verdadero drama. Sus relaciones desaparecieron, a la vez que los antidepresivos tomaron las riendas de su vida.
Pedro lo había intentado todo, pero estaba rendido. Escapaba de vez en cuando y se reunía con los amigos del barrio. Partida de baloncesto y cervezas. Pero cada huida significaba otro horror al volver a casa.
Paula estaba condenada. Nueve años ya de aislamiento y soledad eran muchos.
Su cabeza estaba habitada tan solo por fantasmas. El del odio, la envidia y la rabia hacia los demás.
Era jueves, y se prometió a si misma que Pedro merecía algo mejor, que no llegarían juntos al fin de semana.
El día siguiente voló desde el décimo primer piso. Antes de saltar, se fijó en la gente que charlaba en la terraza del bar que había enfrente de su edificio. Reían amigablemente, sin ningún signo de maldad en sus gestos, y ninguna mirada de reojo inquisidora.
Bajaba cabeza abajo por el séptimo piso, con el camisón ceñido al cuerpo por el aire, sin emitir ni un sólo quejido, y no pudo ver a Pedro que se bajaba en aquel preciso instante del coche, al lado del portal.
Sonriendo saludó a un vecino, y se puso las gafas de sol, dudó por un instante en acercarse a tomar una cerveza al bar de enfrente, pero finalmente recordó que Paula le había prometido que esa misma tarde saldría de casa, y dando un paseo hablarían de su problema.
Un sonido fuerte y seco, fue la primera señal, de que irremediablemente la vida de Pedro cambiaría ese día para siempre.