Torpemente avanzó hasta que el aliento expirado dejó de ser visible, y se encaminó a traspasar el banco de niebla que hacía, que aquella luna sanguinolenta, se diluyera con el oscuro fondo que lo cubría todo.
La herida del hombro se abría, y su constante borboteo cálido, se derramaba ya hasta la cintura. El párpado izquierdo continuaba cerrado, y la sensación de vacío interior del ojo, le impedía acercar la mano para comprobar si seguía allí.
De todos los dolores, era el de la herida invisible el que lo atormentaba más.
Llegó al río, y lo siguió. Sabía que el mar esperaba al final. Todo lo que tenía que hacer era dejarse llevar ya.
Los ruidos de las bestias alrededor, entra la maleza no conseguían asustarle. Una nube apagó el lucero rojo, y mientras todo pasaba de un negro rojizo a un negro oscuro, se desplomó. Cayó despeñándose, al igual que sus recuerdos lo hacían a una velocidad de vértigo. Al final, un último golpe seco pero atenuado al mismo tiempo, le descubrió la arena de la playa que buscaba.
Arrastrando aquel cuerpo ya casi desunido, sin pensar, llegó al mar y se dejó caer.
El salitre se hacía sentir fuerte y amargo. El sonido estruendoso de las olas en la marea baja, tapó todo lo demás.
Logró sentarse mirando al mar. La mano se fue al hombro, descoyuntado, sangrante. El hachazo se había llevado buena parte de la carne y alguna astilla del hueso. Se dormía.
Entonces todo se hizo claro de nuevo, todo regresó a su mente.
Era un niño feliz, sentado en la alfombra del salón jugando a los indios. La televisión encendida no se oía, y la causa eran los gritos de ellos en la cocina, en el pasillo, en la habitación. Gritos, golpes y lloros.
De repente había crecido, era un adolescente ya. De regreso a casa tras la escuela, se la encontró a ella triste y temblorosa en el sofá, y a él borracho golpeando a su hermano pequeño.
Ahora todo había acabado, el horror quedó atrás. Hacía años que había abandonado aquella casa, y vagaba por las carreteras ofreciendo su juventud a cambio de caricias y pan.
Todo sucedía rápido en su cabeza. Y llegó hasta aquella misma noche, cuando el mismo se había descubierto apaleando una vez más a su propio hijo, como antes lo habían hecho con el.
Pero no contó con ella, que por la espalda y sin avisar le clavó el hacha que usaban para picar la leña, hasta el alma. Le dio tiempo a retorcerse, pero ella soltó un nuevo golpe al ojo, que lo tumbó inconsciente unos minutos.
Al despertar, ya nada era igual. Abandonado y sabedor de su final, tan sólo eligió el lugar.
Sentado en la orilla, respiró profundo, apretó el puño que aún le respondía, y los maldijo una vez más. Los maldijo por todos los días que se había mantenido vivo. Los maldijo por su sangre. Los maldijo por el amor. Por ese amor que nunca conoció, y que ellos le privaron de disfrutar.
Y la nube se apartó, y el cielo se tornó de rojo de nuevo. Esta vez un rojo más intenso, un rojo que lo inundó todo.
Y murió como había vivido, solo, frío y llorando.
jueves, 29 de mayo de 2014
martes, 20 de mayo de 2014
SOY COMO ATILA
Entre la soriasis y la candidiasis andas siempre, tronera.
Con tus lindas braguitas, posando en La Piscina y rascándotela entera.
Como no desplomarte, como no derrumbarte si no hay ya quien te quiera.
Recuerdo tus caderas de la orilla a la arena. Tus nalgas, tus morritos y esa melena morena........
Ahora eres una bruja insidiosa y hortera.
Tu sonrisa un señuelo, ya no me importan tus tetas.
En que pensabas tú, cuando todos los veranos soñábamos con tus besos.
Y nos la meneamos, y nos la meneamos... hasta quedarnos ciegos.
Ya no te tengo aprecio reina, y no me pone nada pensar en tus entrañas.
Recuerdo aquellas bragas, colgadas en la lámpara, recuerdo aquella fiesta, y el sabor a empanada.
Ahora eres una bruja insidiosa y hortera.
Tu sonrisa un señuelo, ya no me importan tus tetas.
Con tus lindas braguitas, posando en La Piscina y rascándotela entera.
Como no desplomarte, como no derrumbarte si no hay ya quien te quiera.
Recuerdo tus caderas de la orilla a la arena. Tus nalgas, tus morritos y esa melena morena........
Ahora eres una bruja insidiosa y hortera.
Tu sonrisa un señuelo, ya no me importan tus tetas.
En que pensabas tú, cuando todos los veranos soñábamos con tus besos.
Y nos la meneamos, y nos la meneamos... hasta quedarnos ciegos.
Ya no te tengo aprecio reina, y no me pone nada pensar en tus entrañas.
Recuerdo aquellas bragas, colgadas en la lámpara, recuerdo aquella fiesta, y el sabor a empanada.
Ahora eres una bruja insidiosa y hortera.
Tu sonrisa un señuelo, ya no me importan tus tetas.
Tu que sigues luciendo, ese palmito eterno de elegancia suprema.
Como te avinagraste, como te abandonaste en la falacia eterna.
Como no reprocharte, si tu ya olvidaste los años más sinceros.
Sigue con tus movidas, ya no me motivas más que para echarme unas risas y darme un baño bolero.
Como te avinagraste, como te abandonaste en la falacia eterna.
Como no reprocharte, si tu ya olvidaste los años más sinceros.
Sigue con tus movidas, ya no me motivas más que para echarme unas risas y darme un baño bolero.
Ahora eres una bruja insidiosa y hortera.
Tu sonrisa un señuelo, ya no me importan tus tetas.
Tu sonrisa un señuelo, ya no me importan tus tetas.
lunes, 12 de mayo de 2014
SEA LO QUE SEA
Aquello fue como el final del día en el punto de origen del rayo verde. Vertiginoso e inverosímil.
La fiesta terminaba antes de empezar, y es que no hay nada de cierto en lo incierto de nuestro imposible amor verdadero.
Todo transcurrió como en un anuncio televisivo, tu eras el reclamo vistoso y yo el aviso espeluznante. Yo el antes, y tu el después. Tu el Pronto y yo el paño.
Nadie compró nuestro prodigioso romance de ensueño, y eso dilapidó la esperanza de un largo y cálido verano de ferias y presentaciones.
Y perdidos nos separamos. Primero un poco, luego un mucho.
Y nos volvimos a juntar tiempo después para despedirnos como se merece algo que no pasa y sin embargo sucede. Para siempre.
Y a veces, mientras observo desocupado los atardeceres de mi playa, de mi valle, de mis recuerdos, tan sólo a veces, un fogonazo verde ciega mi vista. Me clava en el suelo la posibilidad de que lo ficticio exista, y un sugerente y olvidado olor, sustituye mi cabal devenir por un alocado viaje astral al lado oculto, salvaje y deseable del que será será.........
La fiesta terminaba antes de empezar, y es que no hay nada de cierto en lo incierto de nuestro imposible amor verdadero.
Todo transcurrió como en un anuncio televisivo, tu eras el reclamo vistoso y yo el aviso espeluznante. Yo el antes, y tu el después. Tu el Pronto y yo el paño.
Nadie compró nuestro prodigioso romance de ensueño, y eso dilapidó la esperanza de un largo y cálido verano de ferias y presentaciones.
Y perdidos nos separamos. Primero un poco, luego un mucho.
Y nos volvimos a juntar tiempo después para despedirnos como se merece algo que no pasa y sin embargo sucede. Para siempre.
Y a veces, mientras observo desocupado los atardeceres de mi playa, de mi valle, de mis recuerdos, tan sólo a veces, un fogonazo verde ciega mi vista. Me clava en el suelo la posibilidad de que lo ficticio exista, y un sugerente y olvidado olor, sustituye mi cabal devenir por un alocado viaje astral al lado oculto, salvaje y deseable del que será será.........
miércoles, 30 de abril de 2014
ANA Y CHONI
Miré hacia un lado y tu cabeza volaba en mil pedazos sembrando las paredes de tristes recuerdos y momentos sublimes de sexo oral.
Aquellos cabrones habían abierto fuego sin avisar. Sin sentido apretaron los gatillos y mandaron al karajo nuestra vida para siempre.
Es cierto, que no les íbamos a pagar por aquella mierda que nos habían metido la última vez, y que éramos incapaces de vender entre nuestra clientela habitual de señoritos y capullos mimados del centro de la ciudad. Pero podían haber tratado de presionarnos un poco más de otra manera. No sé, unos golpes, una subida de intereses o incluso que nos cortaran un puto dedo hubiese sido suficiente. Ya nos buscaríamos la vida, y venderíamos aquel polvo de tercera donde fuera. Pero no se aguantaron. Putos chiflados!
Recuerdo tus ojos hinchados y enrojecidos, momentos antes de la locura. Aún puedo ver los pliegues de tu camiseta, mientras sentada en el suelo, intentabas convencerlos de que nos dieran más tiempo. Tu voz, temblorosa y vacilante, no se correspondía con tus gestos, firmes y contundentes.
La cerveza a medio beber en mi mano, dejó de saber a cerveza, y el cigarro se consumió solo en la lata de Coca Cola que usábamos de cenicero. Aquella cortina de cuadros, que había sido nuestro mantel, y que ahora tapaba las miradas de la vecina de enfrente en la ventana de las escaleras, se movía silenciosamente mecida por el viento cálido de agosto que entraba del exterior. La gota perpetua del grifo de la cocina al caer en el cubo, sonaba fuerte pese a los gritos de los salvadoreños, y el murmullo de una televisión lejana se mezclaba con un ladrido callejero de un perro pendejo y pulgoso, que nunca nos dejaba dormir el subidón tranquilos.
Sacaron pronto las pistolas, y sin ponerte en pié siquiera, los desafiaste con la típica frase con la que me sacabas de quicio a mi también. No te hicieron caso. Ya habían destrozado la casa en busca de algo que los calmara, la pasta o la mercancía. Parte de esta la encontraron, y al interesarse por el resto, les dijimos que estaba medio vendida pero que no nos habían pagado todavía. El gordo de bigote, se secó el sudor con la mano en la que llevaba el arma, y sus hombros se tensaron al dirigirse a mi de nuevo.
No pude evitarlo, pero con la cabeza agachada, al contrario que tu, los mandé a la mierda y pedí tiempo.
Un silencio eterno de segundos me conmovió y levanté la cabeza en el mismo instante en que ensordecía por un sonido seco y potente, y mi hombro derecho se hacía astillas contra el respaldo del sofá. Rojo. Dolor intenso. Ganas de correr. Sed.
Escuché dos disparos mientras me retorcía e intentaba incorporarme de nuevo. No noté nada, te miré y llegué a ver tu pelo rubio bailando en el aire, teñido de un rojo oscuro. Oí un tercer disparo justo cuando tú y yo dejamos de pertenecernos y el ambiente se empapaba de tu cerebro, y tu espalda resbalaba lentamente por la pared.
Me dio tiempo de cerrar los ojos rápidamente y dejar la mente en blanco. Pasaste una última vez por mi imaginación. Estabas colocada, y feliz. Nada te podía lastimar allí. Tirada en un campo de flores lilas, boca arriba. Sonriente y feliz. En paz y feliz. A salvo y feliz. Yo bailaba a tu alrededor, sin camiseta, fumando. Sol. Pájaros. Soledad.
Y entonces llegó. Noté como el agujero en la frente se iba agrandando y la bala penetraba lentamente. Pude sentir la armonía del momento. Y aquello no dolía. Mi final derrochaba calma.
Pum!! Mi estómago se convirtió en una fuente tibia, y llegué a respirar una vez más. El aire sabía a herrumbre dulce, y polvo.
Aquellos cabrones habían abierto fuego sin avisar. Sin sentido apretaron los gatillos y mandaron al karajo nuestra vida para siempre.
Es cierto, que no les íbamos a pagar por aquella mierda que nos habían metido la última vez, y que éramos incapaces de vender entre nuestra clientela habitual de señoritos y capullos mimados del centro de la ciudad. Pero podían haber tratado de presionarnos un poco más de otra manera. No sé, unos golpes, una subida de intereses o incluso que nos cortaran un puto dedo hubiese sido suficiente. Ya nos buscaríamos la vida, y venderíamos aquel polvo de tercera donde fuera. Pero no se aguantaron. Putos chiflados!
Recuerdo tus ojos hinchados y enrojecidos, momentos antes de la locura. Aún puedo ver los pliegues de tu camiseta, mientras sentada en el suelo, intentabas convencerlos de que nos dieran más tiempo. Tu voz, temblorosa y vacilante, no se correspondía con tus gestos, firmes y contundentes.
La cerveza a medio beber en mi mano, dejó de saber a cerveza, y el cigarro se consumió solo en la lata de Coca Cola que usábamos de cenicero. Aquella cortina de cuadros, que había sido nuestro mantel, y que ahora tapaba las miradas de la vecina de enfrente en la ventana de las escaleras, se movía silenciosamente mecida por el viento cálido de agosto que entraba del exterior. La gota perpetua del grifo de la cocina al caer en el cubo, sonaba fuerte pese a los gritos de los salvadoreños, y el murmullo de una televisión lejana se mezclaba con un ladrido callejero de un perro pendejo y pulgoso, que nunca nos dejaba dormir el subidón tranquilos.
Sacaron pronto las pistolas, y sin ponerte en pié siquiera, los desafiaste con la típica frase con la que me sacabas de quicio a mi también. No te hicieron caso. Ya habían destrozado la casa en busca de algo que los calmara, la pasta o la mercancía. Parte de esta la encontraron, y al interesarse por el resto, les dijimos que estaba medio vendida pero que no nos habían pagado todavía. El gordo de bigote, se secó el sudor con la mano en la que llevaba el arma, y sus hombros se tensaron al dirigirse a mi de nuevo.
No pude evitarlo, pero con la cabeza agachada, al contrario que tu, los mandé a la mierda y pedí tiempo.
Un silencio eterno de segundos me conmovió y levanté la cabeza en el mismo instante en que ensordecía por un sonido seco y potente, y mi hombro derecho se hacía astillas contra el respaldo del sofá. Rojo. Dolor intenso. Ganas de correr. Sed.
Escuché dos disparos mientras me retorcía e intentaba incorporarme de nuevo. No noté nada, te miré y llegué a ver tu pelo rubio bailando en el aire, teñido de un rojo oscuro. Oí un tercer disparo justo cuando tú y yo dejamos de pertenecernos y el ambiente se empapaba de tu cerebro, y tu espalda resbalaba lentamente por la pared.
Me dio tiempo de cerrar los ojos rápidamente y dejar la mente en blanco. Pasaste una última vez por mi imaginación. Estabas colocada, y feliz. Nada te podía lastimar allí. Tirada en un campo de flores lilas, boca arriba. Sonriente y feliz. En paz y feliz. A salvo y feliz. Yo bailaba a tu alrededor, sin camiseta, fumando. Sol. Pájaros. Soledad.
Y entonces llegó. Noté como el agujero en la frente se iba agrandando y la bala penetraba lentamente. Pude sentir la armonía del momento. Y aquello no dolía. Mi final derrochaba calma.
Pum!! Mi estómago se convirtió en una fuente tibia, y llegué a respirar una vez más. El aire sabía a herrumbre dulce, y polvo.
Todo se apagó por fin, y sin embargo te recuerdo. Te recuerdo siempre. Te recuerdo aquí, a mi lado. Y la memoria insiste, perdura, se obstina. Pero mis ojos y mis manos te buscan, y no te encuentran.
La muerte llega a ser desoladora sin ti. Como la vida misma, amor.
La muerte llega a ser desoladora sin ti. Como la vida misma, amor.
martes, 29 de abril de 2014
YOKO AND ME
Antes decían que por la vía del terror no conseguirían nada.
Que la abandonaran y se encaminaran hacia la actividad política.
Ahora resulta que políticamente tampoco se puede hacer nada.
Pero que demonios es esto??
Yo no creo en dios. Soy ateo.
No creo en la monarquía. Soy declaradamente anti-monárquico.
No creo en las fuerzas armadas. Soy pacifista.
No creo en la democracia existente. Manipuladora y sectaria.
No creo en una justicia hecha para los poderosos, y unas leyes acordes al "tanto tienes tanto vales".
No creo en los sindicatos actuales. Maliciosos y vendidos.
Desde luego no creo en la economía de mercado. Tan parcial y asesina.
No creo en los medios de comunicación. Alquilados según voluntad por los mismos de siempre.
No creo en una revolución sin líder. Y no existe líder ninguno en este totus revolutus, que han creado.
No creo en la policía. Instrumento represor por orden superior. Y la mayoría acatando instrucciones, sin creer en ellas. "Servir y proteger"
No creo en el sistema educativo, claramente dirigido por las multinacionales para crear operarios robotizados, usables y prescindibles llegada la hora.
Decididamente, creo que yo también soy terrorista. Vengan y deténganme.
Debo de ser culpable...
Que la abandonaran y se encaminaran hacia la actividad política.
Ahora resulta que políticamente tampoco se puede hacer nada.
Pero que demonios es esto??
Yo no creo en dios. Soy ateo.
No creo en la monarquía. Soy declaradamente anti-monárquico.
No creo en las fuerzas armadas. Soy pacifista.
No creo en la democracia existente. Manipuladora y sectaria.
No creo en una justicia hecha para los poderosos, y unas leyes acordes al "tanto tienes tanto vales".
No creo en los sindicatos actuales. Maliciosos y vendidos.
Desde luego no creo en la economía de mercado. Tan parcial y asesina.
No creo en los medios de comunicación. Alquilados según voluntad por los mismos de siempre.
No creo en una revolución sin líder. Y no existe líder ninguno en este totus revolutus, que han creado.
No creo en la policía. Instrumento represor por orden superior. Y la mayoría acatando instrucciones, sin creer en ellas. "Servir y proteger"
No creo en el sistema educativo, claramente dirigido por las multinacionales para crear operarios robotizados, usables y prescindibles llegada la hora.
Decididamente, creo que yo también soy terrorista. Vengan y deténganme.
Debo de ser culpable...
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