miércoles, 20 de noviembre de 2013

Un Cuento

Tener la posibilidad de escoger, es una riqueza y un seguro. Mantenla siempre!!
Ahora bien, tenerla no asegura una buena elección. Así que la posibilidad de cambio es, a todos los efectos, imprescindible.
Moraleja: Guarda los tickets.

sábado, 26 de octubre de 2013

Desayuno Con Amantes

- Leche?
- No gracias.
- Esta noche no me ha sentado del todo bien que no estuvieras esperándome.
Tras mascar importunado. - No pude, simplemente no pude.
- Seguí el camino sola, y no me fue todo lo mal que esperaba.
- Yo me alegro. De verdad. Me pasas el zumo.
- No digo que fuera mejor, simplemente fue algo distinto. Me divertía la experiencia de ir sola.
- Gracias. Claro, sé lo que es eso. Tu decides en todo momento, para ti.
- No digo que no estuviera bien permanecer juntos...pero constantemente decidíamos pensando en común, y no siempre hubiera tomado las mismas decisiones si fuera sola. Creo.
- Ya. Yo no es que esta noche no quisiera estar, bueno realmente no quería, para que nos vamos a engañar. Pero no fue premeditado, simplemente cerré los ojos y me fui a otro lado.
- Lo entiendo. Voy a coger otra tostada, quieres más?
- No, con dos me llega. Por cierto, lograste ver el final?
- No. Una vez más, en la mitad del camino, todo desapareció y surgió una nueva senda. Pero esta vez era distinta a cuando vamos juntos. Era otra.
- Era más bonita?
- No lo sé. Recordé lo andado juntos, y decidí despertar. Quizás pienses que no me atreví a explorarla... y seguramente tengas razón. Pero, no sé.......... es algo que atrae, no sin vértigo, pero atrae.
- Bueno, en este caso no se puede desandar los pasos dados. O quizás sí, nunca hemos probado.
- Seguramente sí se pueda, pero yo creo que nunca nada sería ya igual.
- Probablemente. Bueno, me voy a duchar que llego tarde.
- Sí, yo también me voy. Comemos hoy?
- Sí, estaría bien. Donde siempre a las dos?
- Vale. Dejo la cocina así, ya la recogeremos que me es hora.
- Ok. Oye una cosa, quizás esta noche, lleguemos por fin a ver el final.
- Sí. Aunque ya te digo que no me importa experimentar de nuevo, e intentar seguir el camino desconocido. Si tu no apareces.
- Vale, veremos como nos va al acostarnos. Pero si no coincidimos en el sueño, nos lo contamos desayunando, vale?
- Me gusta la idea. Recuerda la comida, y si no puedes ir llámame.
- Venga, un besazo guapa.
- Otro, abur.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sweet Home

Nunca podría volver a hacer aquello otra vez. Ni por crueles que fueran las circunstancias podría volver a recomponer aquel espantoso escenario de desolación. Aquello había sido el final.
Paula se prometió a si misma que tenía que dejar de ahogar a Pedro de aquella miserable manera. Su aprensión a las relaciones sociales, su falta de empatía con los demás y sus complejos de bicho raro, no podían afectar a su novio hasta el punto de la desesperación. El no tenía la culpa de su estado. Y siempre había intentado sacarla del hoyo, o por lo menos hacer que dejara de escarbar para hundirse más.
Al principio no era demasiado tortuoso. Aceptaba el mundo exterior, como un paréntesis al desarrollo de su vida perfecta, metida en casa. A resguardo.
Salía con Pedro y lo pasaba bien, era el principio de una aventura, se sentía cómoda y todo a su alrededor desaparecía cuando estaban juntos.
Poco a poco, se fue encerrando. Las miradas la lastimaban, las conversaciones la aburrían y es que todos ahí fuera, parecía que vivían una vida plena, de salidas y entradas, de risas y fiestas, de complicidades eternas.
Primero fueron las pastillas para dormir. Enganchada a la televisión se pasaba el día con tranquilizantes. Su alimentación sufrió un lastimero cambio hacia el desastre total, y raro era el día que comía algo fresco o natural. Comida en latas, en bolsas y precocinada era lo que la mantenía.
El tabaco, que nunca le había gustado, se convirtió en el fiel aliado, el compañero inseparable.
Hacía mucho tiempo que había dejado de salir con sus amigos. Los últimos años, se habían convertido en un continuo suplicio de críticas, y desvaríos varios, y ya nadie la soportaba.
Pedro sufría innumerables gritos y chantajes de todo tipo. No podía ver a nadie, todos eran malos. No podía tocarla, el rechazo a su propio cuerpo se había convertido en un verdadero drama. Sus relaciones desaparecieron, a la vez que los antidepresivos tomaron las riendas de su vida.
Pedro lo había intentado todo, pero estaba rendido. Escapaba de vez en cuando y se reunía con los amigos del barrio. Partida de baloncesto y cervezas. Pero cada huida significaba otro horror al volver a casa.
Paula estaba condenada. Nueve años ya de aislamiento y soledad eran muchos.
Su cabeza estaba habitada tan solo por fantasmas. El del odio, la envidia y la rabia hacia los demás.
Era jueves, y se prometió a si misma que Pedro merecía algo mejor, que no llegarían juntos al fin de semana.
El día siguiente voló desde el décimo primer piso. Antes de saltar, se fijó en la gente que charlaba en la terraza del bar que había enfrente de su edificio. Reían amigablemente, sin ningún signo de maldad en sus gestos, y ninguna mirada de reojo inquisidora.
Bajaba cabeza abajo por el séptimo piso, con el camisón ceñido al cuerpo por el aire, sin emitir ni un sólo quejido, y no pudo ver a Pedro que se bajaba en aquel preciso instante del coche, al lado del portal.
Sonriendo saludó a un vecino, y se puso las gafas de sol, dudó por un instante en acercarse a tomar una cerveza al bar de enfrente, pero finalmente recordó que Paula le había prometido que esa misma tarde saldría de casa, y dando un paseo hablarían de su problema.
Un sonido fuerte y seco, fue la primera señal, de que irremediablemente la vida de Pedro cambiaría ese día para siempre.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Viejo Cine Olympia

Barcenas pudo haber trabajado en aquel cine que tanto le gustaba.
Bobinar películas. Y proyectarlas era una tarea que lo tenía fascinado. El olor de las palomitas, las luces del ambigú y el sonido de la maquinaria funcionando lo habían enganchado de tal manera, que raro era el día que a la salida del colegio, no pasaba por la sala a ver a Benancio, que así se llamaba el encargado por aquel entonces.
Habían pasado los años, y Bárcenas ya había pasado alguna película el solo. Benancio se hacía mayor, y a menudo dormitaba entre escena y escena. Únicamente Sofía Loren lo mantenían despierto.
Además de pasar alguna cinta, también había aprendido a rellenar la nevera del bar, vender entradas y solucionar algún tema de mantenimiento. Como conservar encendido aquel foco maldito que siempre se fundía en el patio de butacas.
Pero lo que más le gustaba desde hacía un tiempo, era llevar las cuentas. Gracias a los estudios de bachiller que cursaba por aquel entonces, Benancio le dejaba encargarse de los asientos contables, la distribución de compras a proveedores y negociar con el banco. Pagar mercancía, alquiler de películas y tasas, y manejar un pequeño remanente de las ganancias que quedaban a fin de mes.
Bárcenas, era feliz. Las finanzas de aquel pequeño cine eran un hobby para el. Poco a poco dejaron de interesarle las tramas que se urdían en las películas, y profundizó más en el estado de cuentas del negocio.
Un día descubrió que con el saldo de los beneficios, una vez descontado el sueldo de Benancio y los gastos, se podía hacer algo. Y Bárcenas lo hizo.
Entregando una pequeña cantidad de pesetas en un sobre a un concejal del pequeño ayuntamiento, logró que declaraban monumento histórico al viejo cine, e incluirlo, debido a su calamitoso estado, en la lista de edificios a restaurar del pueblo.
Fue así como negociando después con la empresa que realizó las obras, pudo hacerse con una parte del presupuesto de la restauración, al desviar material hacía otras obras que tenía el constructor, quedándose él con la parte correspondiente del dinero del ayuntamiento.
Bárcenas en pocos años creó una reputación en su pequeña ciudad, y se hizo con el edificio del Ateneo, la biblioteca y un pequeño salón de baile.
Con el tiempo Benancio murió, y Bárcenas le compró a su heredera, una hija que tenía Benancio en México, el vetusto cine.
Llevaba ya dos años sin abrir, tal era su lamentable estado . No obstante logró reinaugurarlo, y que el ayuntamiento lo declarara "edificio ruinoso". La demolición fue gratuita, gracias a sus contactos con las empresas de construcción. Y la recalificación del terreno instantánea. Bárcenas era ya por aquel entonces, concejal de urbanismo.
Un hermoso hotel ocupó el sitio del antiguo cine. Y detrás de el, un edificio de pisos se construyó en el solar del Ateneo. La biblioteca ardió un buen día, y unas galerías comerciales se establecieron en su lugar.
Bárcenas había llegado a la Diputación Provincial. Casado con la única hija del mayor constructor de la región, sus vínculos con varias empresas privadas eran cada vez más notables.
Los edificios caían por docenas, y otros se levantaban en sus emplazamientos. Gasolineras, bancos y hasta un viejo hospicio fue "renovado" por un complejo de chalets adosados.
Todo había cambiado, Bárcenas era millonario y muy influyente. Pero un día, años después, visitó los nuevos cines con su hijo. Y no fue agradable descubrir como las palomitas no sabían igual. El sonido de aquella maquinaria no era el mismo y sobretodo, que Benancio, aquel que le había brindado su primera oportunidad y junto al que había pasado tantas tardes, ya no estaba.

martes, 24 de septiembre de 2013

El Capi


Era yo el que estaba en aquel hospital, solo, mientras el capitán partía por última vez. Su nave se alejaba entre brumas otoñales.
Recuerdo la madrugada: fresca, aunque no fría; húmeda como las cuadernas tras una singladura.

Me descubrí a mí mismo despidiéndome de él, sin comprender del todo lo que ocurría. Creí estar en un embarcadero lleno de movimiento: marineros saludando al capitán, familias despidiéndose, furgonetas descargando la mercancía de última hora. Y música. Siempre hay canciones en mis recuerdos. Aquella vez sonaba una letra conocida:

—Ay, mi pescadito, no llores ya más...

Juraría que era de una película, quizá con Spencer Tracy.

El barco hizo sonar su bocina por primera vez. Lo busqué para despedirme, pero otra vez no lo encontré.

Su vida había sido un ir y venir constante: capear temporales, transportar mercancías, pescar. Suez y el petróleo. Terranova y el bacalao. El mar del Norte y Argentina, a por merluza. África del Sur, Mozambique, Angola… siempre tras el atún.

Tanto mar y tan poco hogar lo hicieron solitario. Bohemio, romántico, incluso extraño para la vida apresurada de tierra.

Lo recuerdo en una panadería, sorprendido:
—¿Cómo pudo subir tanto el pan? —decía, mirando la barra como si fuera un lujo.

Pasaban años entre sus regresos, y todo cambiaba deprisa. También nosotros. Y, sobre todo, ella.

El tiempo suavizó su carácter, pero seguía tan hermosa como antes. Él no lo comprendió, o quizá sí. Ella, sola, sacando adelante a sus hijos y peleando sin su compañero, también capeaba tormentas. Y lo logró. Pero quedó marcada, como marcan las aguas y los vientos a las rocas.

Él, en cambio, se quedó anclado en la mar. Para cuando regresaba, la vida en tierra le resultaba extraña, ajena. Y muchas tormentas interiores le desarbolaban la paz. Nuestra paz: cómoda, pero huérfana.

Sin embargo, siguió escribiéndole poemas a la luz de las estrellas del Atlántico, en aquel puente, solo. Letras hermosas, sentimientos adolescentes en un hombre ya mayor. Amaba, no me cabe duda. Lo sé porque, como él, yo también amo en silencio, por dentro. Locamente.

La radio de Walvis Bay lo traía a casa de vez en cuando. Fue una vida dura para todos. Lo sigue siendo para mí, porque mis ojos me delatan mientras escribo.

La bocina del barco sonó por tercera vez. Yo, solo en aquel puerto, no me pude despedir.

El Capi se marchó en silencio y en paz, llevándose a Verolosky —como lo llamaban sus amigos—. Llevándose al amor de mi madre. Al padre de mi hermano. Llevándose a papá.

Poco pienso en él, y debería hacerlo más. Esta noche su recuerdo me inundó, y no he podido dormir.

Una vida salada en ambos casos. Extraña. Como todas las vidas.

Abur, Capi. Tu nieto sabe de ti. Me pregunta si tu barco era grande como una casa, si dormías junto a ballenas y tiburones. Siempre le respondo lo mismo:

—Sí, Lolo. Tu abuelo subía olas enormes con su barco y hablaba con los peces. Una vez llegó al fin del mundo y regresó para contárnoslo. Las tempestades le huían, y conocía cada roca, cada playa, y a todas las sirenas del mar.

Te quiero.